Escribo estas líneas en la sala de guardia del faro de la Isla de la Vigía, frente a la costa de Massachusetts, a escasas dos millas del infame Arrecife del Diablo. Mi mano tiembla y la tinta se corre sobre el papel, pero debo dejar constancia de cuanto me ha sucedido desde que llegué a este lugar maldito, pues sospecho que pronto ya no estaré en condiciones de hacerlo. No porque tema por mi vida —ese miedo ha quedado atrás, superado por un pavor de naturaleza más honda y más antigua—, sino porque presiento que lo que me aguarda es algo peor que la muerte: una transformación, un devenir que mi mente se niega a aceptar y que, sin embargo, mi carne parece anhelar con cada fibra de su ser.
Me llamo Elias Wentworth, y hasta el pasado octubre de 1931 era un hombre corriente. Ingeniero de formación, graduado por el Instituto de Tecnología de Boston, había llevado una existencia perfectamente mundana, dedicada al mantenimiento de maquinaria industrial en los astilleros de Newburyport. Fue la muerte de mi tío Silas lo que me trajo aquí, a esta isla desolada donde el viento aúlla como una congregación de almas en pena y el mar golpea las rocas con la insistencia ciega de algo que busca abrirse paso.
Mi tío Silas Wentworth había sido farero de la Isla de la Vigía durante treinta años. Lo conocí poco y mal. Mi madre —su hermana menor, Abigail— raramente hablaba de él, y cuando lo hacía era con una reticencia que yo, de joven, atribuía a alguna disputa familiar. Silas era, según las escasas descripciones que obtuve, un hombre solitario, de constitución robusta pero de aspecto peculiar: ojos grandes y un tanto saltones, piel de un color cetrino que ni el sol ni la intemperie explicaban del todo, y una devoción casi obsesiva por su trabajo. Jamás abandonaba la isla salvo para las provisiones mensuales, que recogía en el muelle de la vecina Rowley, evitando cuidadosamente la más cercana Innsmouth.
De Innsmouth poco sabía yo entonces, salvo los rumores vagos que todo habitante de la costa norte de Massachusetts había oído alguna vez: un pueblo pesquero venido a menos, sus gentes de aspecto enfermizo, la célebre redada federal de 1928 cuyos detalles el gobierno se negaba a esclarecer. Nada de eso me concernía, o eso creía.
La carta del abogado llegó a mediados de septiembre. Mi tío había muerto —las circunstancias eran imprecisas: lo hallaron en las rocas al pie del faro, con el cuerpo destrozado por la caída o, según una nota al margen del informe policial que más tarde pude consultar, por algo que resultaba difícil de atribuir exclusivamente a una caída— y me dejaba como único heredero el puesto de farero, la casa adjunta y todo su contenido. El testamento estipulaba una condición singular: que yo debía mantener la luz del faro encendida «sin excepción, sin pausa, sin falta, todas las noches del año, desde el ocaso hasta el alba». La cláusula estaba redactada con una urgencia casi frenética, y el abogado, un tal señor Phelps de Arkham, me confesó que mi tío le había hecho prometer, bajo juramento, que transmitiría esta obligación con la mayor solemnidad.
Acepté, más por necesidad económica que por vocación. Los astilleros habían reducido personal y mi situación financiera era precaria. Un puesto de farero, con vivienda incluida y un modesto salario del gobierno, no era desdeñable. Además, la perspectiva de la soledad no me disgustaba del todo; siempre fui un hombre de pocas amistades y temperamento contemplativo.
Antes de partir hacia la isla, visité a mi madre en la residencia de ancianos de Newburyport donde había sido internada tras un episodio que los médicos calificaron de «demencia senil aguda». La encontré en un estado deplorable: sentada en un sillón junto a la ventana que daba al mar, con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos —esos ojos grandes y ligeramente saltones que yo había heredado— fijos en el horizonte con una expresión que no era exactamente vacía, sino más bien expectante, como la de alguien que aguarda una cita largamente postergada. Cuando le mencioné la isla y el faro, algo se agitó en su mirada. Me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente para su edad y su estado, y murmuró unas palabras que entonces no comprendí y que ahora me persiguen con la tenacidad de una maldición: «No vayas, Elias. O si vas, no mires al agua. No escuches al agua. El agua sabe quiénes somos.»
Le pregunté qué quería decir. Me preguntó si yo sabía nadar. Le respondí que sí, que desde niño nadaba con una facilidad que mis compañeros de escuela envidiaban, que podía contener la respiración durante períodos extraordinariamente largos, que el agua salada no me irritaba los ojos como a los demás. Mi madre cerró los suyos y lloró en silencio, y cuando volvió a abrirlos, la lucidez había desaparecido y en su lugar quedaba solo el vacío amable de la demencia. No volví a visitarla antes de mi partida. Ojalá lo hubiera hecho. Ojalá le hubiera hecho las preguntas que ahora ya es demasiado tarde para formular.
Llegué a la Isla de la Vigía el tres de octubre, transportado por un pescador de Rowley llamado Ezra Coldwell, un hombre lacónico de edad indeterminada cuyas manos nudosas manejaban la pequeña embarcación con la destreza de quien conoce cada corriente y cada roca de aquellas aguas traicioneras. Durante la travesía, que duró apenas cuarenta minutos, Coldwell no pronunció más de una docena de palabras, pero noté que su mirada se ensombrecía cada vez que viraba hacia el noreste, en dirección a donde debía hallarse, según mis cálculos, el puerto abandonado de Innsmouth.
—No mire hacia allá —dijo de pronto, y su voz ronca tenía una cualidad de advertencia que no admitía réplica—. Hay cosas que es mejor no ver, ni siquiera desde lejos.
La isla era tal como la imaginaba y, al mismo tiempo, profundamente distinta de cualquier expectativa razonable. Un peñón de granito oscuro, de poco más de doscientos metros de diámetro, azotado por el viento y apenas cubierto por una vegetación raquítica de líquenes y arbustos espinosos. El faro se alzaba en su punto más elevado: una torre cilíndrica de piedra ennegrecida por décadas de salitre y temporal, rematada por la cúpula de cristal que albergaba la gran lente Fresnel. Junto a la torre, la casa del farero, un edificio bajo de dos plantas cuyas ventanas parecían contemplar el océano con la expresión vacía de un cráneo.
Lo que me inquietó desde el primer momento no fue la desolación del lugar —eso lo esperaba—, sino el olor. Un hedor a materia orgánica en descomposición, a pescado putrefacto, que impregnaba el aire con una persistencia que iba más allá de lo que la proximidad del mar podía justificar. Había también, en las rocas de la orilla sur, unas marcas que observé mientras Coldwell descargaba mis pertenencias: surcos profundos en la piedra, como si algo de gran tamaño hubiera trepado repetidamente por aquel punto, arañando la roca con garras o apéndices de considerable fortaleza.
—Las focas —murmuró Coldwell cuando le pregunté al respecto, pero no me miró a los ojos y sus manos, al coger la última caja, temblaban de un modo que no parecía causado por el frío.
Se marchó antes de que yo pudiera formular más preguntas, y su barca se convirtió rápidamente en un punto oscuro sobre el agua gris, dirigiéndose hacia el sur, lejos de Innsmouth, lejos del Arrecife del Diablo.
Quedé solo. La soledad en una isla es una cosa cualitativamente distinta de la soledad en tierra firme. En la ciudad, uno puede estar solo en medio de la multitud, pero siempre existe la posibilidad del contacto, la certeza de que al otro lado de la pared hay otro ser humano. En la isla, la soledad es absoluta y geográfica. El mar te rodea como un foso medieval, y tú eres simultáneamente el señor y el prisionero del castillo.
Dediqué las primeras horas a explorar mi nuevo dominio. La casa del farero constaba de cuatro habitaciones en la planta baja —cocina, sala de estar, un pequeño almacén y un cuarto de baño con una bañera de hierro esmaltado que mi tío, según las marcas de uso, había empleado con frecuencia desusada— y dos dormitorios en el primer piso, además del estudio. Todo estaba impregnado de un olor peculiar, no desagradable pero sí desconcertante: una mezcla de salitre, parafina y algo más, un aroma almizclado y vagamente marino que parecía emanar de las propias paredes, como si la piedra hubiera absorbido décadas de proximidad con el océano.
La torre del faro se conectaba con la casa mediante un pasillo cubierto. La escalera de caracol, de ciento veintisiete peldaños de hierro forjado, ascendía por el interior de la torre con una geometría que producía, al mirar hacia arriba o hacia abajo, una sensación de vértigo que iba más allá de lo puramente espacial. Los peldaños estaban desgastados por décadas de uso, y en algunos —particularmente los más cercanos a la base— observé las mismas marcas que había visto en las rocas exteriores: arañazos profundos, como si algo con garras hubiera subido o intentado subir por aquella escalera. Los atribuí al óxido y al desgaste. Qué ingenuo fui.
En los cimientos de la torre, accesibles a través de una trampilla en el suelo del pasillo, descubrí algo que no figuraba en ningún plano oficial del faro. Un sótano, o más bien una cripta, excavada en la roca viva de la isla a una profundidad que excedía con mucho la que cualquier propósito de ingeniería civil podía justificar. Las paredes de aquel recinto subterráneo estaban cubiertas de bajorrelieves tallados con una destreza que ningún cantero de Nueva Inglaterra del siglo XIX habría poseído. Los motivos representaban criaturas marinas —peces, pulpos, crustáceos, seres que no correspondían a ninguna especie conocida— dispuestas en procesión alrededor de una figura central de dimensiones colosales: un ser vagamente antropoide pero de proporciones titánicas, con un rostro que combinaba rasgos de pez y de cefalópodo, sentado en un trono de coral o de hueso, ante el cual las demás figuras parecían prosternarse en actitud de adoración. La talla era vieja. Inmensamente vieja. Los bordes estaban suavizados por una erosión que sugería siglos, tal vez milenios, de exposición al aire salado que se filtraba desde algún conducto subterráneo que comunicaba la cripta con el mar.
No permanecí mucho tiempo en aquel lugar. Había algo en la disposición de las figuras, en la geometría de sus líneas y en el modo en que la escasa luz de mi linterna se reflejaba en las superficies talladas, que producía una incomodidad que iba más allá del desasosiego estético. Era como si los bajorrelieves estuvieran diseñados para afectar al observador de un modo que trascendía lo visual, como si las formas mismas fueran portadoras de un significado que la mente humana no estaba equipada para procesar, pero que alguna otra parte del cerebro —una parte más antigua, más primitiva— reconocía y ante la cual se estremecía.
Los primeros días transcurrieron en una rutina apacible que me hizo pensar que mis aprensiones iniciales habían sido infundadas. La casa estaba en mejor estado de lo que su exterior sugería; mi tío había sido un hombre meticuloso, y encontré las habitaciones limpias y bien provistas, la maquinaria del faro en perfecto funcionamiento. La lente Fresnel era un magnífico ejemplar del segundo orden, capaz de proyectar un haz visible a más de veinte millas náuticas. Su mecanismo de rotación, impulsado por un sistema de pesas y engranajes, requería ser cargado cada cuatro horas durante la noche, tarea que pronto incorporé a mi rutina con la naturalidad del ingeniero acostumbrado a la maquinaria.
Fue al tercer día cuando comencé a encontrar los cuadernos.
Estaban en el estudio de mi tío, en el primer piso de la casa, una habitación que hasta entonces no había explorado con detenimiento. El escritorio, un mueble pesado de roble oscuro, contenía tres cajones cerrados con llave. Encontré las llaves en un pequeño cofre bajo una tabla suelta del suelo, junto con una nota escueta: «Para Elias. Lee todo antes de juzgar. Y mantén la luz encendida.»
Los cuadernos eran seis, numerados y fechados, abarcando los últimos quince años de la vida de mi tío. Los primeros volúmenes contenían anotaciones mundanas: registros meteorológicos, observaciones sobre las mareas, inventarios de provisiones. Pero a partir del tercer cuaderno, fechado en 1923, el tono cambiaba dramáticamente.
Mi tío escribía sobre sonidos. Sonidos que provenían del mar en las noches sin luna, cuando la oscuridad se espesaba sobre el agua como un sudario líquido. Los describía como una especie de salmodia, un canto coral de voces inhumanas que ascendía desde las profundidades con cadencias que, según sus palabras, «no corresponden a ningún sistema musical conocido por el hombre, ni a ninguna modulación que la garganta humana sea capaz de producir». Los cánticos se intensificaban en ciertas fechas que mi tío registraba minuciosamente, y que, al contrastarlas, pude identificar como coincidentes con las fases de la luna nueva y con ciertas fechas que, en mis investigaciones posteriores, descubrí que eran sagradas para la infame Orden Esotérica de Dagón, el culto clandestino que las autoridades habían intentado erradicar durante la redada de Innsmouth.
Pero fue el cuarto cuaderno el que destruyó para siempre mi tranquilidad.
En él, mi tío describía con minuciosidad de naturalista las criaturas que había visto emerger del agua en las noches de luna nueva. Seres anfibios, de estatura humana pero de proporciones aberrantes, con cabezas que recordaban las de enormes batracios, ojos globulares que reflejaban la luz con un brillo fosforescente, cuerpos cubiertos de escamas de un gris verdoso, y manos —sí, manos, con dedos palmeados— que portaban objetos rituales de un metal desconocido, semejante al oro pero de un lustre enfermizo, verdoso, como el resplandor de la putrefacción. Los describía saliendo del agua en procesión, trepando las rocas de la orilla sur —las mismas rocas donde yo había visto las marcas de garras— y congregándose en la base del faro, donde entonaban sus cánticos blasfemos dirigidos hacia el océano, hacia el punto donde el Arrecife del Diablo rompe la superficie como el espinazo de un leviatán dormido.
Y el faro los repelía.
Esta era la revelación central de los cuadernos de mi tío, la verdad que había mantenido en secreto durante décadas: la luz del faro no estaba diseñada para guiar a los navegantes. O mejor dicho, esa era su función secundaria, el pretexto bajo el cual se había construido en 1847. Su propósito verdadero era otro, infinitamente más antiguo y más terrible.
La lente Fresnel había sido modificada. Examinándola con el ojo del ingeniero, pude confirmar lo que mi tío describía: en la superficie interior de los prismas, apenas visibles a simple vista pero claramente perceptibles al tacto, había símbolos grabados con una precisión que ninguna herramienta del siglo XIX podía explicar. Eran signos curvilíneos, de una geometría que perturbaba la vista, formas que parecían moverse y reconfigurarse cuando uno las observaba desde distintos ángulos. Mi tío los identificaba como «Signos Antiguos», amuletos de protección contra las entidades de las profundidades, de la misma naturaleza que los sellos descritos en ciertos pasajes del Necronomicón de Abdul Alhazred, del que mi tío poseía una transcripción parcial hecha de su puño y letra, copiada, según una anotación al margen, de un ejemplar consultado en la biblioteca restringida de la Universidad Miskatonic de Arkham.
Según los cuadernos, cuando la luz del faro atravesaba los prismas grabados, no solo proyectaba un haz lumínico visible al ojo humano, sino también algo más: una frecuencia, una vibración, una emanación que los Profundos no podían soportar. Era como una barrera, un muro invisible de luz ritualizada que impedía a las criaturas acercarse a la costa. Mientras la luz ardiera, Y’ha-nthlei —la ciudad submarina que, según mi tío, se extendía a poca profundidad bajo el Arrecife del Diablo— permanecería contenida, y sus habitantes no se aventurarían a tierra firme.
Pero eso no era todo. En las páginas finales del quinto cuaderno, mi tío mencionaba algo más grande. Algo que habitaba en las profundidades más allá de Y’ha-nthlei, en las simas oceánicas donde la luz del sol jamás había penetrado. Lo llamaba con un nombre que encontré en los fragmentos del Cthaat Aquadingen que guardaba entre sus papeles: Dagón, Padre Dagón, la divinidad marina de los Profundos, una entidad de proporciones tan vastas que su solo despertar podía alterar las corrientes del Atlántico norte. Y era Dagón, no los Profundos menores, lo que la luz del faro verdaderamente mantenía a raya.
«Ellos vienen a la superficie para adorarlo», escribía mi tío en una caligrafía cada vez más irregular, «pero mientras la luz arda, Él no puede responder a su llamada. Los signos en la lente son más antiguos que la humanidad misma, grabados por manos que no eran humanas, en una época en que este continente aún no había emergido de los mares primordiales. Yo no los comprendo. Solo sé que funcionan. Y sé que si la luz se apaga, lo que vendrá del mar será algo que ningún ejército, ninguna armada, ninguna fuerza de este mundo podrá detener.»
Habían transcurrido dos semanas desde mi llegada cuando la primera tormenta seria golpeó la isla.
Había estado leyendo el sexto y último cuaderno, el más perturbador de todos, cuando el barómetro comenzó a descender con una rapidez alarmante. El cielo, que durante la tarde había mantenido un color gris uniforme, se tiñó de un negro purpúreo, de un matiz que evocaba ciénagas de tinta, como si el cielo fuera un espejo invertido de los abismos oceánicos que se extendían bajo nosotros. El viento se levantó desde el noreste —desde la dirección de Innsmouth— con una ferocidad que hacía temblar los gruesos muros de la casa del farero.
Subí a la sala de la linterna con la urgencia de quien comprende, quizás por primera vez con verdadera convicción, la importancia de su tarea. La maquinaria funcionaba correctamente, las pesas descendían con su cadencia regular, y la gran lente giraba proyectando su haz sobre el océano embravecido. Pero el depósito de combustible estaba bajo —mi negligencia, admito con vergüenza, pues no había seguido las instrucciones de mi tío sobre la mezcla específica que debía alimentar la llama—, y la tormenta amenazaba con una virulencia que ponía a prueba cada junta, cada cristal, cada remache de la vieja estructura.
Fue entonces, mientras luchaba con el viento para asegurar la puerta de la galería exterior, cuando los vi por primera vez.
Al principio pensé que eran rocas, formaciones que la marea baja había revelado y que la espuma hacía brillar con reflejos engañosos. Pero las rocas no se mueven. Las rocas no trepan. Las rocas no tienen ojos.
Estaban en la orilla sur, exactamente donde yo había visto las marcas de garras. Eran cuatro, quizás cinco —la lluvia y la oscuridad dificultaban el conteo—, y ascendían por las rocas con una agilidad que resultaba obscena en cuerpos de aquella constitución. Eran tal como mi tío los había descrito: grotescas siluetas anfibias, de cabezas bulbosas y extremidades que combinaban rasgos de pez y de batracio con una parodia blasfema de la forma humana. Cada uno de ellos portaba en sus manos palmeadas un objeto que emitía un resplandor verdoso, enfermizo, y de sus gargantas —si es que poseían gargantas— emanaba un sonido que el viento me traía a intervalos: un cántico gutural, rítmico, que parecía modular sílabas de un lenguaje anterior a toda lengua humana.
Iä! Iä!
El cántico se elevaba sobre la tormenta, sobre el rugido del viento y el estrépito de las olas, con una claridad imposible, como si las voces no viajaran a través del aire sino a través de algún medio más denso y más antiguo. Y mientras cantaban, se acercaban al faro. Trepaban. Venían.
Pero la luz los detenía.
Pude verlo con mis propios ojos: cuando el haz rotatorio barría la orilla sur, las criaturas retrocedían, se encogían, emitían un chillido agudo que era lo opuesto de su cántico —un sonido de dolor, de repulsión, como el que haría una criatura de las profundidades abisales expuesta súbitamente a la inclemencia del sol—. Y cada vez que el haz pasaba de largo y la oscuridad volvía, avanzaban de nuevo, ganando terreno, acercándose a la base de la torre.
Comprendí entonces, con una lucidez nacida del terror, lo que mi tío había intentado decirme. La luz era lo único que se interponía entre aquellos seres y la costa. Entre Dagón y el mundo de los hombres. Y el combustible se agotaba.
Lo que siguió fue la noche más larga de mi vida. Bajé a la sala de máquinas, preparé la mezcla tal como mi tío la describía en sus notas —aceite de ballena, sí, pero también una resina de procedencia indeterminada que encontré en un frasco sellado con cera y marcado con uno de los Signos Antiguos—, y alimenté la llama con la desesperación del náufrago que achica agua de un bote que se hunde. Cada cuatro horas subía a cargar las pesas del mecanismo de rotación. Cada vez que lo hacía, miraba por los cristales de la linterna, y cada vez las criaturas estaban más cerca.
Hubo un momento, hacia las tres de la madrugada, en que la llama vaciló. Fue solo un instante, un parpadeo que duró quizás dos segundos, pero bastó para que las criaturas avanzaran varios metros de golpe, como si la oscuridad momentánea las hubiera catapultado hacia delante. Oí con claridad espantosa el sonido húmedo de sus cuerpos arrastrándose sobre la piedra, el chasquido de sus garras buscando asidero, y algo peor: un sonido que venía del mar, desde mucho más lejos que la orilla, desde el punto donde el Arrecife del Diablo rompía la superficie. Un sonido grave, profundo, que no era tanto un sonido como una vibración, un estremecimiento que sentí en los huesos y en los dientes antes de percibirlo con los oídos. Como si algo de proporciones inconcebibles se hubiera movido en las profundidades oceánicas, algo que llevaba eones dormido y que había sentido, con la sensibilidad de lo ancestral, la brevísima ausencia de la luz.
Alimenté la llama con manos temblorosas y la luz se restableció, fuerte y constante, y las criaturas retrocedieron una vez más, y el sonido del abismo se extinguió gradualmente, como el eco de un trueno que se pierde en la distancia. Pero yo sabía que no se había ido. Sabía que estaba allí, bajo el agua, esperando. Padre Dagón. El que sueña en las simas donde la presión del océano convierte el agua en algo más denso que la piedra. El que ha dormido desde antes de que los continentes adoptaran su forma actual, desde antes de que la vida abandonara el mar para arrastrarse sobre la tierra.
Al amanecer se retiraron. La tormenta amainó con la misma brusquedad con que había comenzado, y un sol pálido y acuoso iluminó una isla cubierta de restos: algas de profundidades abisales, criaturas marinas muertas que ningún manual de zoología podría clasificar, y en las rocas de la orilla sur, marcas frescas que se sumaban a las antiguas, arañazos en la piedra que formaban, vistos desde arriba, un patrón que me recordó espantosamente a los símbolos grabados en la lente.
Bajé a examinar los restos con la morbosa meticulosidad del hombre que ha aceptado que lo imposible es real y que ahora necesita catalogarlo para preservar su cordura. Entre las algas —de un negro azulado, de una textura que no era vegetal ni animal sino algo intermedio, y que despedían un hedor sulfuroso al secarse— encontré objetos que no podían ser de origen natural: fragmentos de un metal verdoso, semejante al oro enfermo que mi tío había descrito, trabajados en formas que sugerían función ritual. Uno de ellos, un disco de unos diez centímetros de diámetro, llevaba grabado en una de sus caras un símbolo que reconocí inmediatamente: era el mismo que adornaba la portada de la transcripción del Necronomicón que mi tío guardaba en su estudio. El sello de los Profundos. La marca de Y’ha-nthlei.
Guardé el disco en el estudio, junto con los cuadernos. Más tarde, al examinarlo bajo la lupa, descubrí que en la otra cara había una inscripción en caracteres que no pertenecían a ningún alfabeto humano, pero que guardaban una semejanza perturbadora con los jeroglíficos que mi tío había copiado de ciertos pasajes del Cthaat Aquadingen, el tomo prohibido que trata sobre entidades acuáticas y los rituales necesarios para invocarlas o —como era el caso del faro— para repelerlas.
El sexto cuaderno de mi tío, el que había estado leyendo antes de la tormenta, contenía la revelación que más temía encontrar.
No era solo un registro de observaciones. Era una confesión.
Mi tío Silas no había llegado a la Isla de la Vigía por casualidad. Había sido enviado por una facción disidente de la Orden Esotérica de Dagón, un grupo de hombres y mujeres de Innsmouth que, a diferencia de la mayoría de sus conciudadanos, no veneraban a los Profundos sino que los temían, y que durante generaciones habían mantenido en secreto la existencia de mecanismos de contención como el faro. Eran los herederos de un conocimiento más antiguo que la propia Orden, un saber que se remontaba a los constructores originales de la torre, quienes no habían sido hombres de Nueva Inglaterra sino algo mucho más viejo.
Y mi tío era uno de ellos. No solo en espíritu, sino en sangre.
Silas Wentworth era un híbrido de Profundo.
La Transformación, como la llamaba en sus cuadernos con una mezcla de resignación y horror, había comenzado en él hacia los cuarenta años. Los cambios eran graduales: el engrosamiento de la piel, la dilatación de los ojos, una afinidad creciente con el agua que se manifestaba como una necesidad física, un ansia que solo los baños prolongados en agua salada podían aliviar. Pero Silas había resistido. Había luchado contra su propia naturaleza con la terquedad del fanático, manteniéndose en la isla, alimentando la luz, usando los símbolos protectores no solo contra los seres del exterior sino contra la criatura que crecía dentro de él.
Y aquí residía el horror que me heló la sangre más que ninguna visión de seres escamosos trepando por las rocas: si Silas era un híbrido, entonces su hermana Abigail —mi madre— también lo era. Y si mi madre lo era, entonces yo…
Bajé al baño de la planta baja y me miré en el espejo con una atención que jamás había dedicado a mi propio rostro. Lo que vi me hizo retroceder, no porque fuera monstruoso —aún no lo era—, sino porque ahora podía reconocer las señales que siempre habían estado ahí, ocultas bajo la familiaridad de la costumbre: mis ojos, siempre un poco más grandes y saltones de lo normal; mi piel, que jamás se bronceaba sino que adquiría un tono verdoso bajo el sol; mi cuello, ligeramente más ancho de lo que las proporciones de mi cuerpo justificaban; y las marcas entre mis dedos, unas membranas rudimentarias que de niño atribuí a un defecto congénito menor y que ningún médico se molestó en investigar.
Recordé entonces las palabras de mi madre en la residencia: «El agua sabe quiénes somos.» Recordé su llanto silencioso, sus ojos grandes clavados en el horizonte marino. Recordé algo más, algo que había olvidado con la selectividad del terror: mi madre, antes de su internamiento, solía pasar horas en la bañera, con la puerta cerrada, y cuando salía su piel estaba arrugada de un modo que iba más allá del efecto normal del agua prolongada. Había en su epidermis una textura, un relieve, que de niño me fascinaba y que ahora comprendía con una claridad nauseabunda. Mi madre no estaba enferma de demencia. Mi madre estaba transformándose. Y había sido internada no porque hubiera perdido la razón, sino porque alguien —mi tío, probablemente— había decidido que era más seguro mantenerla lejos del mar, lejos de la llamada, lejos de lo que la esperaba en las profundidades.
En el sexto cuaderno había una referencia críptica a la familia Marsh de Innsmouth, la dinastía que el capitán Obed Marsh había fundado tras sus viajes a ciertas islas al este de Otaheite, en los mares del sur, donde había establecido los primeros pactos con los Profundos. Mi tío escribía que la sangre de los Marsh se había extendido por toda la costa de Massachusetts como una mancha de aceite en el agua, mezclándose con familias que ignoraban su origen, filtrándose en linajes que se creían puros. Los Wentworth, según una anotación escueta y terrible que encontré en los márgenes del cuaderno, eran descendientes por línea materna de una rama menor de los Marsh, una rama que había abandonado Innsmouth dos generaciones antes de la redada federal, llevándose consigo la sangre y el secreto y la maldición.
Comprendí entonces por qué mi tío me había elegido como heredero. No era solo una cuestión de parentesco. Era una cuestión de aptitud. Solo un portador de la sangre podía mantener la vigilia, porque solo alguien que comprendiera en su propia carne la llamada del mar podía resistirse a ella con la determinación necesaria. Un hombre común habría huido o habría enloquecido. Pero un híbrido que eligiera luchar contra su naturaleza, que eligiera la luz sobre la oscuridad, el deber sobre el instinto… ese era el vigía que la isla necesitaba.
Han pasado tres meses desde aquella primera tormenta. Es enero, el corazón del invierno, y las noches son largas y crueles en esta isla batida por los vientos del Atlántico. He mantenido la luz encendida cada noche sin excepción, tal como prometí, tal como mi tío me legó hacer. He aprendido a preparar la mezcla de combustible con la precisión del químico, a reconocer los signos que anuncian la llegada de los Profundos, a soportar sus cánticos sin perder la cordura —o al menos sin perder la porción de cordura que aún me permite escribir estas líneas—.
Pero la Transformación avanza.
Mis manos, mientras escribo, ya no son enteramente las manos de un hombre. Las membranas entre mis dedos se han extendido hasta la segunda falange. Mi piel ha adquirido un tono que no puedo describir como otra cosa que escamoso, aunque las escamas son aún pequeñas y podrían confundirse con una afección dermatológica. Mis ojos ven mejor en la oscuridad que a la luz del día. Y el agua me llama. Dios mío, cómo me llama.
Cada noche, cuando bajo a la orilla para recoger las algas que uso como componente de la mezcla ritual, siento el tirón del mar como una fuerza física, un abrazo que promete alivio, pertenencia, la disolución de toda angustia humana en la inmensidad salada de lo eterno. He soñado con Y’ha-nthlei. He visto en sueños sus torres de coral negro y sus pórticos sumergidos, he oído el canto de los que habitan allí, y en mis sueños el canto no es aterrador sino hermoso, de una belleza que ninguna música terrestre puede igualar, y cuando despierto lloro, porque sé que la belleza que percibo es la trampa más antigua del mundo, el señuelo con el que Dagón atrapa a los suyos.
La segunda tormenta llegó a finales de noviembre, y fue peor que la primera. Esta vez las criaturas vinieron en mayor número —conté al menos quince antes de que la lluvia y mi propio terror hicieran imposible seguir contando— y trajeron consigo algo nuevo: un ídolo. Lo portaban entre cuatro de ellos, una figura tallada en piedra negra que representaba a la misma entidad que había visto en los bajorrelieves de la cripta, y lo depositaron en las rocas de la orilla sur con una reverencia que resultaba obscena en criaturas de aquella naturaleza. Allí, ante el ídolo, celebraron un ritual cuya descripción evitaré por respeto a la cordura de quien lea estas páginas. Diré solo que el cántico alcanzó una intensidad que hacía vibrar los cristales de la linterna, que el mar alrededor de la isla hirvió con un movimiento que no era el de las olas sino el de algo que se movía debajo, y que la luz del faro —esa luz bendita que es mi única arma y mi única esperanza— parpadeó tres veces antes de estabilizarse, como si los propios Signos Antiguos flaquearan ante el poder de lo que se estaba invocando.
Al alba, el ídolo había desaparecido. Pero las marcas en la roca permanecían, y en la arena de la pequeña playa del oeste encontré huellas que me helaron la sangre: no eran las huellas palmeadas de los Profundos, sino otras más grandes, mucho más grandes, como las que dejaría un ser del tamaño de una casa que caminase sobre dos extremidades de anatomía no terrestre. Las huellas salían del agua y se detenían a treinta metros de la base del faro, en el punto exacto donde el haz de luz, en su rotación, barría la playa con mayor intensidad. Allí, Dagón —o lo que fuera que esas huellas representaban— se había detenido, repelido por la barrera invisible de los signos. Pero las huellas eran más profundas en la arena que las de las veces anteriores. Cada vez se acercaba más. Cada vez la barrera era menos efectiva.
Hay noches en que las criaturas no vienen a la isla. Hay noches en que el mar está en calma y la luna brilla sobre el agua con una serenidad que parece negar todo horror. Son las peores noches, porque en ellas no tengo enemigo externo contra el que luchar, y el enemigo interno —la sangre, la herencia, la llamada— se vuelve más fuerte.
Hace una semana recibí la visita de Ezra Coldwell, que trajo las provisiones mensuales. No subió a la casa. Me esperó en el embarcadero improvisado de la orilla oeste, y cuando bajé a recoger las cajas, observé que me miraba con una expresión que mezclaba el miedo con algo que solo puedo describir como reconocimiento. No el reconocimiento de quien ve a un conocido, sino el de quien identifica algo familiar en un rostro ajeno. Algo que no debería estar ahí.
—Se parece usted a su tío —dijo, y no era un cumplido sino una constatación cargada de alarma—. Más de lo que se parecía cuando llegó.
Le pregunté qué quería decir. No respondió. Descargó las últimas cajas con movimientos bruscos y se alejó en su barca sin despedirse. Noté que se había santiguado antes de soltar las amarras, un gesto arcaico y supersticioso que, sin embargo, me conmovió. Había en él una sinceridad que todo mi conocimiento científico no podía emular. Coldwell creía. Quizás siempre había creído. Quizás los pescadores de aquella costa sabían desde hacía generaciones lo que la ciencia se negaba a admitir: que el mar no es solo un cuerpo de agua salada sino un vasto repositorio de horrores primordiales, un abismo que mira hacia arriba con ojos que no necesitan luz para ver.
Esa noche, después de la visita de Coldwell, me miré en el espejo durante largo rato. El cambio era innegable. Mi rostro, que tres meses atrás habría sido descrito como anodino pero inequívocamente humano, exhibía ahora una geometría que se desviaba sutilmente de las proporciones normales. Los pómulos se habían aplanado, los ojos se habían ensanchado y se habían desplazado ligeramente hacia los lados del cráneo, y la piel de mis mejillas y mi cuello había adquirido una textura granulada, como la de un cuero finamente repujado, que a la luz de la lámpara presentaba reflejos de un verde apagado. Abrí la boca y examiné mi garganta: las paredes de la faringe se habían engrosado, y a ambos lados del cuello, justo debajo de la mandíbula, percibí unas hendiduras longitudinales que no estaban ahí el mes anterior. No eran aún branquias funcionales, pero la dirección del cambio era inequívoca.
Anoche encontré algo en los papeles de mi tío que no había visto antes, un sobre sellado con lacre negro, oculto en un doble fondo del último cajón del escritorio. Contenía una sola hoja, y en ella, con una caligrafía que ya no era del todo humana —las letras trazadas por dedos que habían comenzado a palmearse—, mi tío había escrito estas palabras:
«No luches contra lo que eres. Lucha por lo que eliges ser. La luz no te salvará de la Transformación. Nada puede. Pero la Transformación no tiene por qué significar rendición. Yo fui Profundo y fui vigía. Tú puedes ser ambas cosas. Mantén la luz encendida. No por los hombres, que jamás comprenderán. No por los Profundos, que jamás perdonarán. Mantenla por lo que queda entre ambos mundos: por la línea delgada donde la humanidad y lo abismal se tocan sin destruirse. Esa línea eres tú.»
Es la primera hora de la madrugada. La luna está oculta tras un manto de nubes, y desde el noreste llega el sonido que ya conozco demasiado bien: el cántico de los Profundos, ascendiendo desde las aguas negras como el humo de un incensario maldito. Debo subir a la sala de la linterna. Debo cargar las pesas, alimentar la llama, asegurarme de que la luz atraviese los prismas grabados con los Signos Antiguos y proyecte su barrera invisible sobre el mar.
Mis pies, dentro de las botas, ya no se ajustan como antes. Mis ojos, cuando los cierro, ven el fondo del océano con más claridad que este cuaderno bajo la lámpara. Mi sangre canta al unísono con las voces que vienen del agua, y cada noche me cuesta más no responder.
Pero no responderé.
Soy Elias Wentworth. Soy el vigía. Soy la línea entre dos mundos, el guardián de una luz que no es solo luz, el heredero de un deber que es más grande que mi naturaleza y más antiguo que mi especie. La Transformación puede tomar mi cuerpo, puede alterar mi carne y reconfigurar mis huesos según el molde abisal de una raza que habita las profundidades desde antes de que el primer pez caminara sobre la tierra. Pero no tomará mi voluntad.
Mantengo la luz encendida.
Y sin embargo… y sin embargo, mientras escribo estas últimas líneas, mientras el cántico se eleva con mayor intensidad y las primeras formas oscuras comienzan a trepar por las rocas de la orilla sur, no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo más podré resistir. No cuánto tiempo resistirá el faro —la estructura es sólida, los signos son poderosos, el combustible es abundante—, sino cuánto tiempo resistiré yo. Cuántas noches más podré subir esas escaleras con pies que se niegan a pisar tierra firme. Cuántas madrugadas más podré alimentar una llama que repele a los de mi propia sangre. Cuántos amaneceres más podré mirarme en el espejo y reconocer, bajo las escamas y los ojos cada vez más globulares, algo que todavía sea humano.
Mi tío resistió treinta años. Confío en que su ejemplo me sostenga, y en que la luz, esa luz que es barrera y condena y salvación, siga ardiendo cuando estas páginas sean encontradas por quien sea que herede, a su vez, esta vigilia maldita.
Porque alguien deberá heredarla. Alguien deberá mantener la luz.
Lo que no está muerto puede yacer eternamente. Y con los extraños eones, incluso la muerte puede morir.
Pero mientras arda la luz del vigía, lo que duerme bajo el Arrecife del Diablo seguirá durmiendo.
Y yo velaré.
Dios misericordioso, yo velaré.
¿Te ha gustado este relato? Muestra tu apoyo en Ko-fi