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La Expedición al Lago Subterráneo


“Y en los abismos ocultos bajo la tierra duermen cosas que ni el más temerario de los hombres debería contemplar; pues existen fronteras entre los mundos que por profunda sabiduría fueron establecidas, y no es la curiosidad del hombre sino el destino quien determine si tales fronteras deben permanecer inviolables.” — Fragmento apócrifo de los Manuscritos Pnakóticos


I. Confesión de un Hombre Arruinado

Es una necesidad ineludible que ponga por escrito esta relación de los horrores innombrables que presencié en las entrañas de la tierra, durante aquella condenada expedición al lago subterráneo que tantas vidas cobró y cuya verdadera naturaleza las universidades del mundo jamás se atreverían a reconocer públicamente. Mi nombre es Edward Marsh, Doctor en Geología por la Universidad de Miskatonic, aunque esa institución ahora niega categóricamente cualquier conexión conmigo o con mi investigación; lo cual es comprensible, pues lo que descubrimos viola fundamentalmente las concepciones que la humanidad mantiene respecto a su lugar en el cosmos. Escribo esto en la soledad de mi retiro en los bosques de Nueva Inglaterra, donde he pasado los últimos siete años intentando, sin éxito, comprender la verdadera naturaleza de lo que vimos, y más importante aún, intentando olvidar el sonido —ese maldito sonido de tres sílabas que resonaba en la oscuridad como el grito de los condenados— que persigue mis sueños con una constancia que me ha llevado al borde de la locura, y que algunos de mis colegas, particularmente el Profesor Dyer (cuya expedición a las Montañas de la Locura ocurriría años después de la nuestra), me aseguró que había escuchado en circunstancias igualmente abominables.

En 1929, cuando aún creía que la ciencia era una herramienta de progreso y que el conocimiento era un bien inalienable, me encontraba en el apogeo de mi carrera académica. Había publicado trabajos respetables sobre la geología de los Apaches y sobre formaciones rocosas poco comunes en las regiones montañosas del norte, trabajo que me había ganado considerable reputación en los círculos de geólogos amateurs y académicos. Fue esta reputación la que, irónicamente, me catapultó hacia la maldición que ahora soporto. Un colega mío, el Dr. Robert Hartwell, un geofísico de temperamento excéntrico pero innegable talento, había estado experimentando con nuevas técnicas de medición sísmica en las Montañas de los Catskills, en el estado de Nueva York, una región que, aunque relativamente cercana a centros de población, permanecía geológicamente poco estudiada. Sus instrumentos, aparatos de avanzada concepción que apenas habían sido probados en el campo, registraron anomalías desconcertantes: un espacio vacío de proporciones extraordinarias, aparentemente una caverna o sistema de cavernas de magnitud sin precedentes, ubicado a una profundidad de varios cientos de metros bajo la superficie terrestre.

Lo que hizo aún más intrigante este descubrimiento fue el comportamiento anómalo de ciertas ondas sísmicas que atravesaban esta cavidad. Hartwell, en conversaciones que mantuvimos durante el invierno de 1929, expresó su certeza de que no se trataba simplemente de un vacío natural, sino de una estructura —un espacio organizado, quizás incluso construido— que exhibía regularidades que ninguna formación geológica natural podría poseer. Cuando le mostré los datos preliminares, quedé profundamente intrigado. Los patrones que detectaban sus instrumentos sugerían la presencia de agua en cantidades masivas, acaso un lago de magnitud considerable, así como estructuras discretas que, aunque interpretadas únicamente a través de datos sísmicos, presentaban geometrías demasiado regulares para ser formaciones casuales de la naturaleza. Fue entonces cuando decidimos que debería organizarse una expedición exploratoria, y Hartwell, convencido de que yo era el geólogo más capacitado para interpretar correctamente lo que encontraríamos, insistió en que yo fuera el jefe de la expedición.

Cuánto desearía haber rehusado.

II. La Preparación y el Descenso Inicial

La organización de la expedición consumió los meses restantes del invierno y los primeros de la primavera de 1929. Éramos un equipo de nueve personas en total: además de Hartwell y yo, incluía al Dr. James Fairchild, un paleontólogo de la Universidad de Princeton cuyo expertise en formas de vida primitivas parecía relevante; a Thomas Blackwood, un espeleólogo experimentado que había explorado sistemas de cavernas en Kentucky y Tennessee; a William Ashton, nuestro principal documentador fotográfico; a dos asistentes jóvenes de Miskatonic, Gerald Holmes y Peter Cartwright; a nuestro médico de expedición, Dr. Heinrich Mueller; y finalmente, aunque esto lo recuerdo ahora con una culpa que paraliza mi corazón, a Margaret Ashton, esposa de William, quien insistió en acompañarnos, pese a todas nuestras objeciones, argumentando que su formación en antropología sería de utilidad en la documentación de cualquier evidencia de ocupación humana antigua.

El sitio de entrada que Hartwell había identificado estaba ubicado en un bosque denso y aparentemente virgen, aproximadamente a treinta y cinco millas al norte de Catskill, en un área de propiedad privada cuyo dueño, un terrateniente local sumamente excéntrico de nombre Harker, accedió extrañamente a permitir nuestro trabajo sin apenas hacer preguntas. Su comportamiento fue desde el inicio sumamente anómalo; cuando visitamos su propiedad para obtener el permiso necesario, el hombre dio muestras de una ansiedad casi patológica respecto a nuestros planes, interrogándonos repetidamente sobre si “entenderíamos la importancia de mantener ciertos secretos” y si “comprenderíamos por qué ciertas cosas debajo de la tierra debían permanecer allá abajo.” Hartwell interpretó esto como la preocupación de un propietario territorial por su privacidad; yo, ahora, en retrospectiva terrible, reconozco que era una advertencia que desestimamos con la arrogancia característica de hombres que creían que la razón y la ciencia eran protecciones suficientes contra las fuerzas oscuras del mundo.

La entrada a las cavernas no era particularmente dramática en sus características iniciales; era una grieta en la roca caliza, de aproximadamente diez metros de ancho y seis de altura, ubicada en una depresión del terreno que, como observó Blackwood, sugería que había habido inundaciones ocasionales que habían expandido lentamente la apertura durante milenios. Nuestro descenso inicial, equipados con cuerdas de seguridad, lámparas de acetileno, y barras de acero para la protección contra desmoronamientos, fue uneventuoso. Las paredes del túnel que se abría ante nosotros exhibían la típica morfología de cavernas formadas por disolución de piedra caliza por agua subterránea; estalactitas y estalagmitas de bellas formas cristalinas se alzaban en la oscuridad como guardianes pétreos de un mundo olvidado.

Fue aproximadamente a una profundidad de cuarenta y cinco metros donde comenzamos a notar algo que heló la sangre de hasta el más esceptical entre nosotros. Las formaciones naturales de piedra comenzaron a ceder gradualmente a lo que parecía, sin lugar a dudas, una arquitectura deliberada. No era inmediatamente obvio; de hecho, los primeros signos fueron tan sutiles que pasaron desapercibidos hasta que Hartwell, cuya perspectiva geométrica era sobrenatural, mencionó que ciertos pasajes parecían exhibir una regularidad de ángulos que la naturaleza rara vez producía. Entonces comenzamos a examinar más críticamente, y pronto no hubo dudas: estábamos caminando a través de túneles que habían sido excavados con propósito deliberado, cuyas paredes habían sido parcialmente pulidas, cuyas puertas —sí, puertas de un tipo desconocido— habían sido talladas en la roca con una precisión que hablaba de una tecnología muy superior a la que poseía cualquier civilización humana antigua. Los ángulos de estos túneles, noté con creciente inquietud, no formaban las típicas noventa grados de la arquitectura humana, sino que exhibían una simetría extraña, frecuentemente de cinco puntas, como si los constructores de estas cavernas hubiesen poseído una concepción geométrica fundamentalmente distinta de la nuestra.

III. Las Bajorrelieves Reveladores

Fue en el tercer día de nuestro descenso cuando descubrimos las bajorrelieves. Habían estado allí todo el tiempo, debajo de nuestras narices, por así decirlo, pero fue necesario que nos acercáramos con más detención a un pasaje particularmente ancho para que sus verdaderos propósitos se hicieran manifiestos. Las paredes de este pasaje monumental estaban cubiertas, de un extremo al otro, con esculturas de bajorrelieve que narraban, en forma de una secuencia visual que recordaba extrañamente a los jeroglíficos del antiguo Egipto, aunque inmensamente más antiguo y más alien en su concepción, la historia de una civilización.

Lo que vi en esas imágenes grabadas en piedra —imágenes que nuestro documentador Ashton fotografió exhaustivamente, aunque algunas de sus placas fueron posteriormente destruidas bajo circunstancias que aún no puedo explicar adecuadamente— fue suficiente para fundamentalmente alterar mi comprensión de la historia de la vida en la Tierra. Las bajorrelieves mostraban, en una narrativa que se desenvolvía a lo largo de varios kilómetros de paredes esculpidas, la historia de seres que no eran humanos, pero que tampoco eran simplemente bestias animales. Estos seres poseían una estructura radical pentagonal, con lo que parecían ser cinco apéndices extensibles, y una simetría radial que violaba cada premisa que la biología moderna mantenía respecto a la forma de vida avanzada. El Profesor Fairchild, quien había estudiado fósiles de equinodermos prehistóricos, emitió un sonido que fue simultáneamente un grito de asombro y un gemido de negación.

“Es imposible,” susurró, “que pudieran haber desarrollado tales civilizaciones. La estructura corporal fundamental no lo permitiría. Y sin embargo…” dejó la frase sin terminar, su rostro pálido bajo la luz vacilante de las lámparas.

Las bajorrelieves narraban la construcción de ciudades subterráneas de una escala colosal, la creación deliberada de seres serviles de una naturaleza aparentemente proteica y maleable —criaturas que parecían capaces de asumir cualquier forma requerida para el trabajo que les asignaban—, la exploración de mundos más allá del nuestro, y lo más inquietante de todo, una guerra. Una guerra feroz, representada en bajorrelieves que mostraban estas criaturas radiales — que yo ahora sabía, por los fragmentos de los Manuscritos Pnakóticos que había estudiado en secreto años antes de la expedición, eran conocidas como los Primordiales — enfrentándose contra sus propios esclavos, en una rebelión descrita con una brutalidad gráfica que sugería el caos y la destrucción a escala apocalíptica.

Las imágenes de la rebelión fueron particularmente desgarradoras. Los Shoggoths —pues eso debía ser lo que mostraban los bajorrelieves, esas masas protoplásmicas capaces de extender apéndices a voluntad para destruir, mutilar, aniquilar— se alzaban contra sus creadores en una orgía de violencia que parecía extenderse a través de eones enteros de tiempo. Las imágenes mostraban ciudades siendo consumidas por estas masas vivas, torres colosales desmoronándose, y una progresiva retirada de los Primordiales hacia estructuras más profundas, fortificadas, como si estuviesen retrocediendo hacia el interior del mundo mismo. Lo que aquí se representaba no era meramente una revuelta de esclavos, sino una ruptura fundamental en el orden de una civilización que había dominado durante incontables eras.

Margaret Ashton, quien se había acercado cerca de mí para estudiar una sección particular de las bajorrelieves, emitió un sonido sutil de angustia.

“Edward,” dijo con una voz que temblaba ligeramente, “¿ves esto? En esta sección aquí, donde parece que están intentando contener algo.” Me señaló un panel particularmente deteriorado donde las figuras esculpidas parecían estar ejecutando un movimiento concertado, utilizando instrumentos que no podía identificar claramente, para realizar lo que parecía ser un ritual de contención alrededor de algo que no estaba claramente representado, sino sugerido únicamente por la desesperación de los gestos cincelados en piedra.

IV. La Frontera Revelada

Continuamos nuestro descenso durante cuatro días más, penetrando cada vez más profundamente en las estructuras de los Primordiales, documentando cada bajorrelieve, analizando cada cambio arquitectónico, intentando en vano comprender la verdadera historia de estos seres que habían precedido a la humanidad en el dominio de la Tierra. Pero fue en el quinto día cuando descubrimos lo que aparentemente había sido un límite —una frontera entre el reino de los Primordiales y algo más profundo aún.

Esta frontera no era física en el sentido tradicional, sino más bien una zona de transición donde la arquitectura de los Primordiales gradualmente cedía a estructuras que eran cualitativamente diferentes, que evocaban principios de diseño que la mente humana encontraba repelentes y casi imposibles de contemplar directamente sin experimentar un mareo visceral. Los ángulos no eran simplemente extraños; eran activamente antigeométricos, como si los constructores hubiesen utilizado una matemática completamente ajena a la nuestra para determinar las dimensiones de sus espacios. Las paredes mostraban cicatrices profundas, como si hubiesen sido sometidas a fuerzas inmensas, y en varios lugares, la piedra misma parecía haber sido sometida a temperaturas tan extremas que se había vitrificado en formas que ningún evento geológico natural podría producir.

“No estoy seguro de lo que estamos viendo,” expresó Hartwell, su voz inusualmente temblorosa, “pero creo que esto marca el punto más profundo de ocupación de los Primordiales. Aquello que yace más abajo… no era parte de su imperio constructivo. Era algo contra lo cual erigieron estas barreras defensivas.”

El Profesor Fairchild, quien había permanecido relativamente silencioso durante las últimas horas, de repente habló con una autoridad que no le había escuchado previamente en toda la expedición.

“Es un sello,” dijo simplemente. “Aquello que aquí ves no son meramente defensas arquitectónicas. Son sellos mágicos. Mira los símbolos grabados en la roca, allí y allí. Son las marcas de la antigua proscripción, símbolos que aparecen en ciertos textos apócrifos que había estudiado hace años, símbolos que se creía que eran meramente el producto de la imaginación de eruditos medievales dementes. Y sin embargo, aquí están, tallados en piedra hace milenios, tal vez decenas de milenios.”

“¿Magia?” exclamé, con la incredulidad que un hombre de ciencia como yo debería poseer. “Fairchild, no es posible que creas—”

“No lo que convoca a demonios, Marsh,” interrumpió el paleontólogo, “sino una ciencia tan antigua y tan profundamente diferente de la nuestra que nuestras mentes modernas la interpretamos como magia. Mira más de cerca los símbolos. Son el Signo Antiguo, en múltiples iteraciones, cada una aparentemente más potente que la anterior, como si hubiesen sido reforzados una y otra vez a lo largo de los años.”

Fue un momento de creciente horror el que seguimos todos al percatarnos de la verdad de sus palabras. Lo que habíamos estado mirando no era simplemente un monumento a la gloria de una civilización extinguida, sino un monumento a su derrota, una fortaleza última donde los Primordiales habían realizado su última postura contra algo tan terrible que habían erigido estos sellos como defensa final. Y la pregunta que ninguno de nosotros se atrevía a formular verbalmente, pero que todos sentíamos con la fuerza de la verdad, era: ¿y si esos sellos estaban comenzando a ceder?

V. El Lago de las Aguas Imposibles

Fue el sexto día de nuestro descenso cuando oímos el sonido del agua. No era una pequeña corriente o un goteo tranquilo, sino el sonido de algo absolutamente vasto, un movimiento de volúmenes de agua tan grandes que evocaba la idea de océanos enteros en las cavidades subterráneas de la Tierra. Con creciente anticipación e inquietud simultáneas, continuamos nuestro descenso a través de un pasaje cada vez más amplio, cuyas paredes mostraban la erosión característica del agua que había fluyó a través de ellas durante períodos que se extendían miles de años.

Cuando por fin emergimos a la caverna que albergaba el lago, todos permanecimos en un silencio absoluto que duró varios minutos. Ninguno de nosotros poseía palabras adecuadas para describir lo que nuestras lámparas de acetileno iluminaban en la oscuridad absoluta.

El lago era, simplemente, vasto más allá de toda medida humana. Su superficie se extendía ante nosotros como un espejo negro y perfectamente inmóvil, reflejando una bóveda de caverna tan alta que nuestras lámparas no podían iluminar su techo. Estimé, basándome en cálculos acústicos improvisados, que la caverna poseía dimensiones de varios kilómetros en cada dirección. El aire mismo, que había estado seco y acre durante nuestro descenso a través de los túneles, aquí se volvía húmedo y llevaba consigo un aroma penetrante y potente que no era desagradable exactamente, pero que evocaba algo fundamentalmente ajeno, algo que hablaba de vida que había evolucionado bajo condiciones radicalmente diferentes de aquellas bajo las cuales evolucionó la vida en la superficie terrestre.

Pero lo verdaderamente extraordinario era la luminiscencia. Las aguas mismas del lago brillaban con una fosforescencia azul-verdosa de una hermosura tan extraña y tan profundamente aterradora que Margaret Ashton comenzó a llorar sin poder contenerse. Organismos bioluminiscentes en una concentración tan densa que hacía parecer que el agua misma poseía su propia fuente de luz interna, poblaban el lago. Algunos eran de un tamaño relativamente pequeño, formas que parecían ser criaturas simples y primitivas de una biología que no correspondía completamente a las categorías taxonómicas que conocemos. Otros, sin embargo, eran monumentalmente grandes: con formas de criaturas que no podía categorizar completamente, que parecían serpentear a través de las aguas con una inteligencia que sugería un nivel de evolución neurológica considerable.

“Los ha habido siempre aquí,” murmuro el Doctor Mueller, nuestro médico, con una aceptación tranquila que fue casi más inquietante que las reacciones de pánico que otros manifestaban. “En toda la expedición, todo ha sido dirigido hacia este momento, hacia esta revelación de que no estamos sobre la Tierra de la que creemos conocer, sino sobre una piel delgada de roca que cubre un mundo completamente ajeno e independiente.”

“Debemos descender,” insistió Hartwell, su entusiasmo científico prevaleciendo sobre cualquier instinto de autopreservación que pudiera poseer. “Debemos, de alguna manera, examinar las aguas. Tomar muestras. Comprender qué es lo que mantiene viva una tal ecosistema en la completa oscuridad del subsuelo.”

Blackwood, el espeleólogo, fue quien más sobriedad exhibió respecto a la situación.

“Las aguas son tranquilas ahora,” observó, “pero muestran marcas de cambios de nivel estacionales. Eso significa que hay un sistema de entrada y salida. Y considerando la escala, estoy seguro de que el flujo es considerable. Si el sistema se viera obstruido, si esas compuertas de las que esos bajorrelieves parecían hablar comenzaran a ceder…” no terminó su frase, pero la implicación era clara.

VI. El Campamento en la Orilla

Establecimos nuestro campamento base en una playa de piedra fina que se extendía alrededor de aproximadamente un tercio de la circunferencia del lago. El equipo fue distribuido con cuidado, y con la excepción de Holmes y Cartwright, que permanecieron en el campamento para mantener los suministros y la línea de comunicación con la superficie, los siete restantes procedimos a realizar exploraciones más detalladas de la región inmediata.

Las muestras de agua que Hartwell insistió en recopilar exhibieron propiedades químicas anómalas. El agua misma poseía una densidad ligeramente más alta que el agua marina normal, y contenía minerales en concentración que no había visto previamente, incluyendo sustancias que ni Mueller ni yo podíamos identificar completamente. Más perturbador aún fue el descubrimiento de que el agua poseía propiedades que sugerían una antigüedad casi indescriptible: los isótopos radiactivos presentes en ella indicaban una edad que se medía en millones, quizás miles de millones de años.

“Es posible,” sugirió Fairchild con una voz que sugería que apenas podía creer lo que estaba diciendo, “que esta agua no sea de origen natural. Es decir, que no sea agua que haya sido acumulada por procesos geológicos normales. Podría ser agua que fue traída aquí, introducida en esta caverna por los Primordiales hace una cantidad de tiempo tan vasta que resulta incomprehensible para la mente moderna.”

“¿Con qué propósito?” pregunté.

“Para conservar,” respondió Fairchild, “para mantener. Para actuar como… como una barrera, tal vez. Como una prisión de agua.”

Fue durante el segundo día en el campamento del lago cuando Margaret realizó el descubrimiento que alteraría fatalmente el rumbo de nuestras vidas. Había estado alejada del campamento, examinando lo que parecía ser un patrón de arte rupestre en una sección de la pared que se elevaba desde la playa, arte que exhibía características que le parecía ser humana, aunque con una antigüedad que sugería que predataba a cualquier civilización humana conocida. En su regreso, llevaba consigo una tablilla de piedra, pequeña pero inequívocamente artificial, sobre la cual estaban grabadas imágenes que dieron sustancia a nuestros peores temores.

Las imágenes mostraban figuras humanas. Pero no eran figuras que hubiesen sido creadas por la mano de seres humanos que vivieron en un aislamiento blanco y puro de toda contaminación foránea. Eran figuras que mostraban la colaboración, la asociación, la cooperación deliberada entre humanos y los Primordiales. Y lo que era más terriblemente revelador aún: eran figuras que mostraban una clase de veneración, de adoración casi religiosa, por parte de los seres humanos hacia los no-humanos.

“Los Primordiales nos conocían,” dijo Margaret, sus palabras cayendo como piedras en el silencio absoluto del campamento. “No que nosotros hayamos sido creados después de su declive, sino que ellos conocían nuestra especie, la encontraron, la sometieron a su voluntad. Y durante milenios, nuestros antepasados vivieron como sus esclavos o como sus adoradores en estas cavernas.”

VII. La Ciudad de las Orillas Distantes

Fue la noche de ese segundo día cuando Hartwell, impulsado por una obsesión que parecía crecer cada hora que pasábamos en esa región subterránea, anunció su intención de cruzar el lago. Los botes de exploración que habíamos traído, aunque primitivos, fueron equipados con provisiones para un viaje de varios días.

“Hay algo en el otro lado,” insistía Hartwell, apuntando hacia la oscuridad que se extendía más allá del alcance de nuestras lámparas. “Las ondas sísmicas que registré originalmente, las anomalías que me llevaron a esta región en primer lugar, tienen su origen en esa dirección. Hay estructuras allá. Grandes estructuras. Y debo alcanzarlas.”

Aunque todos nuestros instintos advertían contra tal expedición, la lógica de la investigación científica compelió a que organizáramos una pequeña expedición: Hartwell, Fairchild, Blackwood, William Ashton con su equipo fotográfico, Mueller, y yo mismo. Margaret insistió en acompañarnos, una insistencia que debería haber rechazado categóricamente pero que, cegado por la obsesión que el lugar comenzaba a ejercer sobre mí, permití.

El viaje en los botes a través del lago fue, en sí mismo, una experiencia que desafía la descripción adecuada. Remábamos en un silencio casi total, únicamente interrumpido por el sonido de nuestras respiraciones y por los ocasionales movimientos de las criaturas bioluminiscentes bajo la superficie del agua. En varias ocasiones, formas tremendamente grandes pasaron bajo nosotros, sus cuerpos produciendo perturbaciones en el agua que hacían que los botes se inclinaran peligrosamente. En una ocasión, una de estas criaturas ascendió parcialmente a la superficie, y pude discernir lo que parecía ser una cabeza, aunque una cabeza de una anatomía tan ajena que apenas podía procesarla mi comprensión. Tenía lo que parecían ser ojos —múltiples órganos de visión dispuestos en un patrón que no era exactamente circular ni exactamente bilateral— y una boca que parecía capaz de abrirse a una amplitud que ningún animal de la superficie terrestre podría lograr.

Fue Blackwood quien realizó la observación más perturbadora: “Aquello que ves,” dijo, “aquello no está completamente bajo el agua. Parte de él está fuera del alcance de nuestra visión, bajo la superficie. Y lo que vemos podría ser solo una fracción de su tamaño completo.”

El viaje consumió aproximadamente dieciocho horas de continuo remar, con breves pausas para descanso y consumo de raciones. Cuando por fin alcanzamos las aguas poco profundas que rodeaban la orilla distante, todos estábamos exhaustos, nerviosos, y profundamente conscientes de que habíamos cruzado un punto de no retorno. La realidad de nuestra situación se impuso entonces con toda su fuerza: estábamos a centenares de metros bajo la superficie terrestre, separados del mundo superior por distancias que no podría recorrer ningún hombre sin provisiones adecuadas y guía experta. La cualquier cosa que ocurriese en este lado del lago nos condenaría aquí, en la oscuridad, con únicamente lo que llevábamos con nosotros.

La orilla distante se elevaba en una serie de terrazas de piedra tallada, terrazas que, tan pronto como las examinamos de cerca, se reveló que no eran formaciones naturales sino escalones artificiales, aunque de una proporción tan colosal que cada escalón requería que escaláramos más de dos metros verticales. Evidentemente, estas estructuras habían sido construidas para seres de una escala vasta, o quizás para permitir el pasaje de masas enormes de trabajadores —una idea que evocó en mi mente la posibilidad de que los Shoggoths, esos seres protoplásmicos casi infinitamente maleables, hubiesen sido utilizados como bestias de carga enormes.

Y fue entonces cuando la ciudad se reveló.

A través de nuestras lámparas, la forma de una metrópolis colosal emergió de la oscuridad. No fue una revelación gradual sino un despliegue de horror completo, porque la ciudad que contemplábamos violaba todos los principios de la arquitectura que la humanidad ha conocido. Las estructuras poseían una simetría pentagonal fundamental, como los Primordiales mismos, pero combinada con geometría que la mente se resistía a contemplar completamente. Las paredes parecían estar en ángulos que no eran completamente planos, sino que se curvaban de formas que desafiaban la geometría euclidiana. Las torres y las estructuras que se elevaban desde el suelo de la caverna parecían estar construidas de acuerdo a un patrón que no era exactamente arquitectónico en el sentido tradicional, sino que sugerían una estructura que existía parcialmente en dimensiones que nuestra percepción visual no podía captar completamente.

Margaret emitió un sonido de angustia que fue casi animalesco.

“No está vacía,” susurró. “Observe los símbolos grabados en las paredes. Son mensajes. Y note la regularidad de las aberuras en las estructuras. No son ventanas en el sentido convencional, sino algo más, algo que fue diseñado para propósitos que no puedo fathom.”

VIII. El Horror de la Geometría No-Euclidiana

Conforme avanzamos hacia la ciudad, el efecto sobre nuestras mentes se volvió progresivamente más agudo. Los ángulos de las estructuras creaban ilusiones visuales que hacían parecer que los edificios se inclinaban en direcciones que la gravedad no permitiría. En un punto, Cartwright experimentó un ataque de náusea tan severo que tuvo que retirarse a una cierta distancia de las estructuras principales antes de poder continuar. Mueller, examinándolo, expresó su evaluación de que el sistema nervioso central del hombre había sido sometido a un estrés tan considerable que su equilibrio se había visto severamente afectado.

“Es la geometría,” explicó el Profesor Fairchild, quien parecía exhibir una comprensión más intuitiva de lo que contemplábamos. “Las estructuras están construidas de acuerdo a principios que la anatomía humana no ha evolucionado para procesar. Nuestros sistemas nerviosos, nuestros órganos de equilibrio, nuestros patrones de percepción visual, todos presuponen la validez de la geometría euclidiana. Aquello que estamos observando viola esa presunción en cada aspecto.”

Fue Hartwell quien observó, con el tono de uno haciendo una revelación que sabía que sería terrible: “Esto no fue construido por los Primordiales. Observa la calidad de la construcción, la naturaleza de los materiales utilizados. Los Primordiales tenían una arquitectura refinada, precisa, pero fundamentalmente comprensible en términos de geometría normal. Esto… esto fue construido por algo diferente. Algo que se originó de principios matemáticos radicalmente diferentes. Esto fue construido por los Seres de Yith, o por aquellos que fueron influenciados directamente por ellos, o…” dejó la frase sin terminar, pero el implicación colgaba en el aire pesadamente: “…O algo peor aún.”

Fue en este punto, mientras explorábamos las cámaras exteriores de la ciudad, cuando descubrimos el primer cadáver. No fue un cuerpo en el sentido en que comprendemos los cadáveres, sino restos que habían sido preservados por las condiciones frías y secas de la caverna durante un tiempo tan vasto que casi se habían convertido en formas de los antiguos sedimentos de la roca misma. Pero la forma era inconfundible: era un cuerpo humano. Un cuerpo que poseía una antigüedad que, basándose en los minerales que lo rodeaban y en la naturaleza de su descomposición, se medía en decenas de miles de años.

“Sacrificio,” dijo Margaret, su voz pequeña. “Fueron traídos aquí como sacrificio. No es simplemente que hayan sido esclavos, sino que eran ofrendas, dones de los Primordiales a aquello que existía más profundamente.”

IX. El Conocimiento Terrible

Fue en la cámara central de la ciudad —una vasta estructura abovedada de dimensiones tan colosales que nuestras lámparas apenas podían iluminar sus extremos— donde finalmente alcanzamos el verdadero conocimiento de lo que habíamos descubierto. Las paredes de esta cámara estaban cubiertas de bajorrelieves, pero a diferencia de aquellos que habíamos visto en los túneles de los Primordiales, estos bajorrelieves representaban algo completamente diferente. Mostraban la historia de un conflicto, de una guerra, pero no una guerra entre especies, sino una guerra cósmica que se extendía más allá de los simples reinos de la Tierra.

Los bajorrelieves mostraban lo que parecía ser entidades cósmicas, formas que parecían existir parcialmente fuera de nuestro espacio tridimensional. Se mostraban en conflicto con formas que parecían ser los Primordiales, pero también se mostraba a los Primordiales trabajando junto a estas entidades cósmicas, como si existiera una alianza, o quizás una jerarquía donde los Primordiales no eran los más altos, sino subordinados a fuerzas aún más antiguas y más potentes.

Pero lo más revelador fueron las bajorrelieves que mostraban el lago mismo, y la función verdadera del agua.

El agua, se volvió claro a través de la narrativa visual, no era simplemente un depósito accidental de la naturaleza, sino una construcción deliberada, un mecanismo de contención. Las bajorrelieves mostraban a los Primordiales —en colaboración aparente con las entidades cósmicas representadas, pero también, notablemente, en un estado de sometimiento a ellas — ingeniería del agua, introduciendo en ella propiedades químicas y potencias que, aunque la representación visual no podía captar completamente su naturaleza, claramente ejercía un efecto de selladura, de restricción, de contención.

Lo que estaba siendo contenido era lo que causaba una mirada de revolución e incomprensión total en los bajorrelieves, criaturas que no podían ser representadas en su completitud porque existían en dimensiones que la geometría tridimensional no podía captar. Pero sus efectos eran mostrados: la devastación, la destrucción absoluta cuando estos seres se manifestaban sin restricción. Las bajorrelieves sugerían que éstos no eran simplemente seres vivientes, sino que eran fuerzas, casi ideas en forma semi-sustancial, entidades para las cuales la noción de “vida” tal como la comprende la biología moderna sería un concepto completamente inadecuado.

Fue Fairchild quien hizo la conexión más terrible: “Los Formuladores Informe de Tsathoggua,” susurró, utilizando términos que no debería haber conocido, de documentos que debería haber permanecido secretos. “Los bajorrelieves, son intentos de representar a los Formuladores Informe. Los seres del No-Espacio. Aquello que existe en las grietas entre las dimensiones, lo cual puede ser visto únicamente de manera oblicua, y cuya percepción completa conduce invariablemente a la locura.”

“¿Cómo sabes eso?” demandé, mi voz dura.

“Porque,” respondió Fairchild con una calma que era casi peor que el pánico, “he estudiado los textos, los textos verdaderos, no los resúmenes sanitizados que se encuentran en bibliotecas académicas. Y porque durante toda mi vida he poseído un conocimiento de que tales cosas existían, y que tal conocimiento no debería ser perseguido de esta manera, que la ciencia misma tendría que ser limitada en ciertas áreas para proteger la cordura de la humanidad.”

X. La Ruptura del Sello

Fue entonces cuando escuchamos el sonido.

Al principio no era claro qué era; parecía ser un movimiento en el agua del lago, un disturbio de la superficie que se propagaba en ondas desde el centro de la masa acuosa. Pero conforme el sonido se volvía más claro, nos dimos cuenta de que no era simplemente un movimiento, sino una vibración, una resonancia que parecía emanar del agua misma y que se propagaba a través del aire en una serie de frecuencias que nuestros oídos podían apenas percibir.

Blackwood fue el primero en comprender: “Los sellos,” gritó, su voz apenas audible sobre el crescendo del sonido. “Los sellos están fallando. La vibración sísmica que causó la anomalía que llevó a Hartwell a este lugar en primer lugar — ha estado debilitándolos durante meses, quizás años. Y ahora, nuestro descenso, nuestro peso adicional en el sistema, ha sido suficiente para romper finalmente el último remanente de la construcción mágica que los Primordiales dejaron.”

Nos dimos la vuelta para correr hacia los botes, pero fue demasiado tarde. El agua del lago comenzó a resplandecer con una intensidad que superaba por mucho la bioluminiscencia natural de los organismos que la habitaban. La luz se volvía de un azul incandescente que era doloroso contemplar, y conforme la luz aumentaba, la agua misma parecía estar transformándose, adquiriendo una viscosidad que no era exactamente líquida, sino algo entre lo líquido y lo sólido, un estado de materia que no debería haber existido bajo las condiciones físicas normales.

Y entonces emergió.

No puedo, incluso ahora, después de siete años de intentar procesar el recuerdo a través del filtro de la sicología moderna, describir lo que emergió del agua con total claridad. Mi mente se rehúsa a retener los detalles, como si una protección misericordiosa de mi propia cordura hubiera intervenido para borrar ciertas partes de la visión de mi memoria consciente. Lo que puedo decir es que era una forma, una presencia, que existía en múltiples dimensiones simultáneamente, que parecía estar en lugares y en formas diferentes dependiendo del ángulo desde el cual era contemplado. Era como si un ser de una dimensionalidad superior fuese ser proyectado en nuestro espacio tridimensional, pero incompletamente, de manera que únicamente fragmentos de su verdadera forma eran visibles en un momento dado.

Y desde esa forma, desde esa presencia inconcebible, emanó un sonido.

No era un sonido que fuera producido por ningún mecanismo biológico que pudiera ser comprendido por la anatomía comparada. Era un sonido que parecía ser la expresión vocal de un ser cuya existencia misma violaba los principios de la física conocida. Era un sonido que poseía una cualidad de sentido, de significado, como si fuese un lenguaje en el cual ideas complejas y malévolas eran comunicadas, pero un lenguaje que la mente humana únicamente podía procesar como un grito de infinita alienación cósmica.

Pero lo más terrible era que podía reconocer una parte del sonido, podía discernir dentro de él una secuencia de sílabas que se repetía una y otra vez. Tekeli-li. Tekeli-li. Tekeli-li. El grito de los Shoggoths, los esclavos rebeldes, pero pronunciado ahora en una voz que no era la de los Shoggoths sino la de algo que existía más profundamente, algo que los Shoggoths mismos parecían reverenciar, o quizás temer.

XI. La Huida y la Derrota de la Razón

Lo que ocurrió a continuación fue una sucesión de momentos que mi memoria ha disgregado en fragmentos. Recuerdo a Blackwood agarrándome por la ropa, obligándome a correr hacia los botes. Recuerdo los gritos de Hartwell, cuyo cuerpo pareció ser levantado del suelo por una fuerza invisible y llevado hacia el agua incandescente. Recuerdo a Mueller intentando proporcionar asistencia médica a Cartwright, cuyo cuerpo había sido devastado aparentemente por la mera percepción de la entidad, sus ojos sangrando, su sistema nervioso evidentemente destruido por la experiencia. Recuerdo a Margaret Ashton, cuya determinación hasta ese punto había sido inquebrantable, sometida a un estado de terror catatónico que la paralizó completamente, y yo mismo cargándola y llevándola hacia los botes.

Lo que no recuerdo con claridad es el trayecto completo de regreso. Tengo vagas impresiones de remar frenéticamente a través del agua que se había vuelto de un rojo oscuro, de evitar formas enormes que se movían debajo de nosotros con una intención que parecía dirigida específicamente hacia nosotros, de un estruendo detrás de nosotros que sugería que la ciudad misma estaba siendo consumida por la manifestación de esa presencia cósmica.

Lo que sí recuerdo con total claridad es el momento en que alcanzamos la orilla cercana del lago, donde habíamos establecido nuestro campamento. Holmes y Cartwright, quien aparentemente se había retirado al campamento temprano en la expedición original, estaban esperándónos. Sus rostros registraban una perplejidad que se transformó rápidamente en horror conforme nos vieron emergir de la oscuridad.

“¿Dónde están los otros?” preguntó Holmes, pero en sus ojos podía ver que de alguna manera, de alguna manera que no podía explicar racionalmente, él ya sabía la respuesta.

“Perdidos,” fue todo lo que pude decir. “Todos perdidos. Debemos abordar ahora, debemos escapar. Ellos vendrán. Ellos nos seguirán a través de toda la tierra si es necesario.”

Aunque Holmes se resistió — tenía razones, raciones científicas, para creer que cualquier cosa que hubiera hecho desaparecer a nuestros colegas permanecería contenida en la caverna — yo estaba más allá de tal lógica. Mueller, quien había logrado escapar del campamento distante conmigo, apoyó mi insistencia. Juntos, prácticamente arrastramos a Holmes y a la Margaret catatónica hacia el camino de ascenso.

El ascenso fue un martirio de terror y agotamiento. Aproximadamente a mitad de camino, escuchamos el sonido nuevamente — ese Tekeli-li incesante — resonando a través de los túneles, reverberando en los pasillos de piedra, como si la cosa en el lago estuviera vocalizando su triunfo, su libertad de milenios de encarcelamiento. Y en un punto particular de nuestro viaje de regreso, justo cuando estábamos transitando a través de una sección donde el techo de la caverna se hacía particularmente bajo, vi algo que me persigue aún. Una forma, parte proteica, parte sombreada, que parecía estar fluyendo a través de los túneles como agua inteligente, como si los Shoggoths mismos hubieran sido despertados por el liberarse de su antiguo rival, y estuvieran emergiendo de sus guaridas para participar en algún delirio ancestral de violencia y revancha.

Aceleramos nuestro paso. En un punto, Holmes fue alcanzado por lo que parecía ser un apéndice de protoplasma vivo, y fue jalado parcialmente hacia la oscuridad. Su grito — ese grito que duraba apenas unos segundos antes de cesar abruptamente — fue el punto en el cual perdí completamente la habilidad de mantener alguna pretensión de coherencia científica. Huía, acosado por el terror primitivo, consciente únicamente de la necesidad de poner la máxima distancia posible entre nosotros mismos y la cosa en la oscuridad.

Cuando finalmente alcanzamos la apertura de la caverna que nos llevaba a la superficie, el amanecer era un recuerdo tan distante que apenas podía concebirlo. El aire de la superficie, cuando lo inhalé, fue un shock a mi sistema tan violento que casi me derrumbo. El sol, ese sol glorioso del mundo exterior, parecía irreal, parecía ser una alucinación que mi mente torturada estaba generando para permitirme escapar de la pesadilla.

XII. Lo Que Permaneció

De los nueve que descendieron, únicamente tres de nosotros emergimos vivos: Mueller, Margaret Ashton (aunque su mente permanece en un estado de disociación que ha resistido todo intento de curación durante estos siete años), y yo mismo. Los otros seis — Hartwell, Fairchild, Blackwood, William Ashton, Cartwright, y Holmes — permanecen allá abajo, en esa caverna, en ese mundo subterráneo que ningún hombre debería ver.

O quizás no permanecen en forma alguna. Es posible que hayan sido consumidos, absorbidos, convertidos en algo más, algún estado de existencia que está más allá de mi comprensión. El Profesor Fairchild, en sus últimos momentos racionales — cuando logré recuperarlo brevemente de su parálisis catatónica en los días posteriores a nuestra huida — me susurró palabras que nunca he sido capaz de fathom completamente: “Ellos hablan ahora,” dijo, “con la voz de Tekeli-li. Ellos entienden ahora lo que los Primordiales nunca pudieron comprender. La verdad del cosmos. La verdad de lo que yace debajo de todo.”

Hartwell, el hombre cuya obsesión nos llevó a este abismo, estaba escribiendo notas hasta el momento de su captura. Algunas de esas notas — quemadas casi hasta la ilegibilidad, pero aún parcialmente recuperables — fueron recuperadas de su campamento distante cuando eventualmente organizamos una expedición de rescate que no rescató nada. Una línea en particular, escrita en lo que aparentemente eran sus últimos momentos conscientes, permanece grabada en mi mente: “Es imposible que el agua sea únicamente agua. Hay algo disuelto en ella, algo que no es químicamente detectable, pero que es tan real como la materia y la energía. Es un conservante. Un estabilizador. Ha estado conteniendo a la cosa debajo durante milenios, los Primordiales inyectando su esencia en las aguas, reforzando los sellos cada generación. Pero ¿qué sucede cuando el conservante comienza a fallar? ¿Qué sucede cuando el Formulador Informe comienza a filtrase a través de la agua hacia arriba?”

Las autoridades de la Universidad de Miskatonic, cuando se enteraron de los detalles de la expedición, deciden rápidamente que sería en el mejor interés de todos que la verdad de lo que ocurrió permaneciese oculta. Las investigaciones fueron canceladas. Los registros de Hartwell fueron destruidos — aunque no completamente, he logrado preservar algunos fragmentos. La propiedad de Harker fue adquirida por un abogado que luego desapareció bajo circunstancias no explicadas. Y yo mismo, aunque no fui formalmente expulsado de la Universidad, fue comprendido por todos que mi carrera académica había terminado.

Pero lo que más me asusta, lo que me mantiene despierto en las noches oscuras, es el conocimiento de que aquello que fue liberado en aquella caverna no permaneció confinado allá. Los reportes esporádicos de movimientos sísmicos en el área de los Catskills han continuado — de hecho, han aumentado en frecuencia. Hay algunos indicios, aunque débiles e indirectos, de que la entrada a la caverna se ha ampliado, que los Formuladores Informe, o los Shoggoths bajo su control, han estado trabajando lentamente, pacientemente, en la expansión de las rutas de acceso hacia la superficie. Y quizás — y aquí es donde mi paranoia se vuelve completamente desenfrenada, donde la línea entre la razón científica y la psicosis probable se vuelve irrevocablemente borrosa — quizás el tiempo, cuando esos seres logren finalmente establecer su dominio completo en la superficie, será simplemente una cuestión de tiempo.

He escrito esto como advertencia, como testimonio de aquello que yace debajo de la Tierra, de aquello que los Primordiales selló y que la humanidad, en su ignorancia, ha comenzado inadvertidamente a liberar. Si alguien lee esto, si esta cuenta alcanza a cualquier erudito de los misterios ocultos, debo instar: por amor de toda vida en la Tierra, investiga los fenómenos sísmicos en los Catskills. Y más importante aún, protege el sello. Los símbolos del Antiguo Signo que los Primordiales dejaron, aunque ahora están debilitados, aún poseen algo de poder. Refuérzalos. Restaura el sello. Porque si aquello que yace debajo logra librarse completamente, si los Formuladores Informe en toda su horrible plenitud logran penetrar a través de la barrera de agua, entonces la humanidad descubrirá que somos menos que el polvo en los ojos de los verdaderos señores de este mundo, y que nuestra extinción será un acto tan insignificante como la extinción de los Primordiales antes que nosotros.


NOTAS EDITORIALES

Los manuscritos que comprenden la anterior relación fueron encontrados entre los efectos personales de Dr. Edward Marsh cuando se retó su propiedad en el estado de Nueva York en 1937. El doctor Marsh había muerto bajo circunstancias que fueron oficialmente catalogadas como suicidio, aunque ciertos detalles de la escena de la muerte permanecen clasificados bajo las regulaciones pertinentes de la Universidad de Miskatonic.

Se han hecho intentos exhaustivos de verificar la verdad de la expedición descrita. Los registros de la Universidad de Miskatonic no contienen referencias oficiales a una “Expedición del Lago Subterráneo,” aunque registros fragmentarios en los archivos privados del Profesor Dyer (cuya propia expedición a las Montañas de la Locura en 1930-1931 produjo hallazgos igualmente perturbadores) sugieren comunicaciones con Marsh respecto a sus descubrimientos.

Respecto a los reclamos de Marsh respecto a la localización exacta de la caverna, todos los intentos de ubicarla han fracasado. La propiedad Harker, donde Marsh indicó que se ubicaba la entrada, fue demolida en 1948 bajo circunstancias que la Junta de Zonas de Nueva York nunca explicó públicamente.

Los fotografías tomadas por William Ashton durante la primera parte de la expedición fueron destruidas, aparentemente por Marsh mismo, aunque algunas placas fotográficas parcialmente legibles sugieren imágenes de formaciones rocosas de una geometría anómala.

Margaret Ashton, la única otra sobreviviente además de Marsh y el Dr. Mueller (quien murió en 1951 de causa catalogada como insuficiencia cardíaca pero respecto al cual existían indicios clínicos de un estado de disturbio nervioso avanzado), pasó el resto de sus días institucionalizados bajo cuidado psiquiátrico. Sus únicos comentarios coherentes, según lo documentado en sus historiales clínicos, consistieron en las repetidas reiteraciones de dos palabras en una idioma no identificado: “Tekeli-li. Tekeli-li.”

Finalmente, debe notarse que los movimientos sísmicos registrados en las Montañas de los Catskills han continuado a un ritmo relativamente constante desde 1930. En 2024, geólogos utilizando técnicas de mapeo sísmico avanzada confirmaron la existencia de una estructura vacía subterránea de proporciones colosales bajo la región, ubicada a una profundidad de aproximadamente 800 metros, cuya naturaleza permanece oficialmente no explicada.

Se recomienda que cualquier expedición futura a la región sea aproximada únicamente bajo los auspicios de las autoridades internacionales más altas, y únicamente con las protecciones simbólicas de la antigüedad que los eruditos de tradiciones ocultas puedan proporcionar.


FIN