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El Pozo de Yoth

No debí haber descendido. Ahora lo sé con la certeza implacable de quien ha visto demasiado, y sin embargo sigue vivo —si es que a este perpetuo estado de vigilia aterrada puede llamársele vida—. El doctor Freeborn me advirtió que las pesadillas cesarían con el tiempo, pero él no vio lo que yo vi en las profundidades bajo la meseta de Oklahoma, y por tanto sus palabras carecen del peso que solo la experiencia puede conferir.

Mi nombre es Harold Copeland y durante diecisiete años fui geólogo de campo para la Miskatonic Mining Survey, una empresa subsidiaria de la Universidad Miskatonic de Arkham. En el otoño de 1927, un equipo de tres hombres —entre ellos el desafortunado Thomas Wharton y el taciturno guía cherokee que solo respondía al nombre de Lobo Gris— fuimos enviados a investigar una serie de formaciones kársticas anómalas detectadas al sur de la región de los Wichita Mountains. Las lecturas sísmicas sugerían la existencia de una cavidad subterránea de proporciones inconcebibles; una cámara cuyo volumen estimado superaba al del lago Michigan.

Llegamos al emplazamiento un martes húmedo y ventoso. La entrada de la cueva, oculta tras un derrumbe reciente, apenas admitía el paso de un hombre de complexión media. Lobo Gris se negó a entrar. Le pregunté la razón y me respondió con una sola frase que entonces me pareció supersticiosa y que ahora considero la advertencia más lúcida que jamás me han dirigido: «La tierra tiene garganta, y lo que traga no lo devuelve».

Wharton y yo descendimos con cuerdas, lámparas de acetileno y provisiones para tres jornadas. Las primeras horas transcurrieron sin novedad, salvo por la insólita regularidad de ciertos pasajes que, a despecho de todo análisis geológico, parecían haber sido cortados intencionadamente. Las paredes mostraban acanaladuras dispuestas en patrones de simetría pentagonal que ninguna formación natural podría justificar. Wharton, que había estudiado en la Universidad de Buenos Aires y poseía nociones de arqueología comparada, murmuró algo sobre los bajorrelieves descritos en los Manuscritos Pnakóticos, pero yo, empeñado en mis certezas materialistas, deseché su observación.

Al tercer día alcanzamos el borde de la gran cavidad. Nuestras lámparas, por potentes que fuesen, no conseguían arrancar un solo reflejo al vacío que se abría ante nosotros. El silencio era tan denso que podíamos oír la sangre en nuestras sienes. Arrojé una piedra al abismo y conté los segundos: catorce antes de que un eco lejano, reverberante y distorsionado, ascendiese desde la negrura como el gemido de algo vivo.

Fue entonces cuando Wharton señaló las inscripciones. Estaban talladas en la roca a una altura de apenas cuarenta centímetros del suelo, como si quienes las hubieran grabado fuesen criaturas de estatura sumamente reducida —o reptasen—. Eran caracteres curvilíneos de una complejidad abrumadora, y entre ellos reconocí, con un escalofrío que me heló hasta la médula, el símbolo que el profesor Dyer había documentado en sus controversiales notas sobre la expedición antártica de 1930: el Signo Antiguo, grabado como advertencia o como súplica.

Pero lo que destruyó mi cordura no fueron las inscripciones, ni el abismo, ni aquel silencio sepulcral. Fue lo que vino después.

Mientras Wharton copiaba febrilmente los glifos en su cuaderno, percibí un movimiento en la periferia de mi lámpara. Algo se deslizaba por la pared del precipicio, ascendiendo desde las profundidades con una lentitud que sugería un tamaño monstruoso. Era oscuro —no negro, sino de una ausencia de color que parecía absorber la luz misma—, y su superficie relucía con la cualidad húmeda y mucilaginosa de algo recién nacido o eternamente vivo. Pude distinguir, antes de que el terror me robase toda capacidad de observación, lo que parecían apéndices prensiles de naturaleza tentacular, cada uno del grosor de un torso humano, y dotados de ventosas cuya disposición obedecía a una geometría que mi mente se negaba a procesar.

Grité. Wharton alzó la vista y vio lo que yo veía. Su reacción fue la de un hombre cuya razón se quiebra como cristal: soltó una carcajada larga, sostenida e inhumana, y echó a correr —no hacia la salida, sino hacia el abismo—. Oí su risa resonar durante varios segundos mientras caía, hasta que el eco la transformó en algo que ya no sonaba a risa, sino al cántico monocorde de una plegaria en un idioma que jamás ha conocido garganta humana.

Huí. No sé cómo encontré el camino de regreso. Debieron ser horas, quizá un día entero, de ascenso frenético por galerías que parecían estrecharse a mi paso, como si la montaña misma intentase retenerme. Cuando emergí a la luz del atardecer, Lobo Gris me esperaba con una manta y un termo de café. No me preguntó por Wharton. Creo que ya lo sabía.

Los informes oficiales atribuyen la muerte de Thomas Wharton a un accidente de espeleología. La cavidad fue sellada con dinamita por orden de la universidad, y mis notas de campo fueron clasificadas junto con los documentos de la expedición Dyer bajo la rúbrica de «material restringido». Pero las pesadillas persisten, y en ellas siempre desciendo, siempre alcanzo el borde del pozo, y siempre veo aquella cosa inmensa que sube desde Yoth, desde N’kai, desde las profundidades donde moran los dioses que precedieron a los hombres y que aguardan, con la paciencia de los eones, el momento de su regreso.

Wharton tenía razón en una cosa: aquellas inscripciones eran pnakóticas. Y lo que custodian es exactamente lo que la leyenda describe.

Tsathoggua duerme. Pero sus guardianes no.


Encontrado entre los papeles del difunto Harold Copeland, antiguo geólogo de la Miskatonic Mining Survey, fallecido en el Sanatorio de Arkham el 14 de marzo de 1931. Causa oficial: paro cardíaco. Los enfermeros reportaron que en sus últimas horas no dejó de murmurar una sola palabra, siempre la misma, que ninguno de ellos supo identificar.