Es desde esta habitación de paredes blancas y ventanas enrejadas donde debo consignar, con los últimos restos de mi cordura fragmentada, la verdad absoluta de lo que acaeció en Arkham durante aquel maldito otoño de 1935, esperando contra toda esperanza racional que quienquiera que lea estas líneas tenga el coraje genuino y la perspicacia necesaria de creer en lo que mi razón, aunque profundamente trastornada y deshecha por experiencias que ningún hombre debería tener que soportar, continúa atestiguando con una certeza que no puede ser negada ni refutada mediante ninguna evidencia ordinaria que los hombres de ciencia puedan alegar. Escribo con una pluma que tiembla no por debilidad física ordinaria sino por el terror visceral y cósmico que acompaña a cada palabra que debo transcribir, bajo la vigilancia benévola aunque profundamente incrédula del Dr. Withers, quien como todos los médicos de este establecimiento de salud mental miserablemente destinado al confinamiento de mentes perturbadas considera que estas memorias son simplemente producto de alucinaciones de un espíritu que fue dedicado durante demasiado tiempo a los misterios insondables que acechan en los sótanos más profundos de archivos y bibliotecas de antigüedad imposible. Pero sé lo que vi con mis propios ojos mientras descendía por aquellos túneles, sé lo que toqué con mis propias manos cuando mi palma entró en contacto con el metal imposible del comunicador temporal, y más terrible aún, sé lo que recordé en esos momentos de iluminación cósmica cuando mi consciencia fue arrojada violentamente a abismos de tiempo y espacio cuyos bordes ni siquiera la geometría euclidiana puede describir adecuadamente, cuyos fundamentos desafían completamente las categorías ordinarias de comprensión que la mente humana puede alcanzar sin fractura total. He consultado en momentos privados con académicos de Miskatonic cuya cordura no podría ser cuestionada por ningún crítico, académicos que en susurros furtivos han musitado confirmaciones temblorosas de mis descubrimientos, aunque sus dientes tiritaban incontrolablemente mientras hablaban y sus ojos revelaban el terror absoluto que sentían.
Mi nombre es Eliot Crane, y en el momento preciso en que todos estos eventos convergieron en aquella madrugada de octubre de 1935, contaba treinta y ocho años de lo que creía era vida terrestre ordinaria, aunque ahora comprendo perfectamente que esta cifra representa meramente la duración estimada de la ocupación de este cuerpo particular por un espíritu que durante todos estos años crey ser Eliot Crane, supuestamente nacido en Boston, educado en Harvard, dedicado completamente a los archivos históricos. He servido durante quince años como archivista y restaurador de documentos antiguos en el Departamento de Historia de Miskatonic University en Arkham, Massachusetts, esa ciudad de las colinas cuyas raíces se hunden tan profundamente en lo ignoto, en los espacios en blanco de la historia ordinaria, en los secretos guardados celosamente bajo toneladas de tierra que sus propios habitantes parecen haber renunciado deliberadamente hace tiempo a formular preguntas acerca de genealogías quebradas y registros sistemáticamente faltantes que caracterizan de manera siniestra a toda la región de Nueva Inglaterra. Jamás me casé durante estos años, jamás tuve distracciones o compromisos emocionales que no fueran los pergaminos amarillentos, los códices carcomidos lentamente por los siglos, las encuadernaciones de piel de oveja cuya edad remontaba a través de generaciones hacia aquella época colonial convulsa cuando esta región era aún una frontera de misterios impenetrables y fuerzas primigenias dormidas bajo la tierra.
Mi racionalismo académico, ese método científico que había sostenido mi espíritu durante todos esos años de dedicación a tareas aparentemente mundanas de restauración y catalogación, resultó ser poco más que una frágil barrera, una ilusión reconfortante construida cuidadosamente para proteger mi mente contra las verdades que dormían bajo los cimientos mismos de la universidad que me empleaba, bajo las calles torcidas e imposibles de Arkham. El mundo que creía conocer, el universo que los libros de texto académicos describían con tal confianza, era meramente un velo fino sobre realidades que la humanidad ordinaria nunca fue destinada a comprender plenamente. Ahora lo sé con certeza absoluta que no puede ser negada.
Fue en el mes de marzo de aquel año cuando la administración universitaria me solicitó formalmente que supervisara la restauración estructural del edificio Whipple, una mansión colonial de construcción datada en el año de 1692, ubicada en el corazón absoluto de la zona más antigua de Arkham, en aquella región donde las calles siguen patrones que parecen no obedecer a lógica alguna comprensible para la mente ordinaria, donde los edificios más antiguos están inclinados según ángulos perturbadores que causan inquietud visceral a quienquiera que los observe durante períodos prolongados. El edificio Whipple, que en sus orígenes había servido como residencia del magistrado Ichabod Whipple durante aquellos años aterradores de los juicios de brujería que asolaron la región con histeria y paranoia, estaba siendo sometido a una restauración cuidadosa y prolongada que incluyía el refuerzo de cimientos que habían sido debilitados gradualmente por casi dos siglos y medio de existencia en el clima húmedo y maligno de Nueva Inglaterra. Era un trabajo que requería la máxima cautela arqueológica posible, pues se comprendía en círculos académicos que bajo las estructuras del edificio podían yacer documentos de importancia considerable mayor que lo que la historia ordinaria reconocería. Los obreros que trabajaban en la excavación de la base, hombres ordinarios de educación escasa pero con instinto cierto para detectar anomalías, fueron quienes me llamaron la atención sobre el hallazgo que alteraría irremediablemente el curso de mi existencia consciente. Habían descubierto algo que escapaba completamente a la explicación ordinaria, algo que sus superiores les ordenaban reportar inmediatamente a los académicos de la universidad.
Cuando removieron la piedra angular del edificio, una losa rectangular de granito de proporciones considerables cuya cara interior había estado cuidadosamente sellada con lo que parecía ser plomo puro de una pureza casi imposible de alcanzar con técnicas coloniales ordinarias, encontraron en su cavidad interior una caja de metal del mismo material, tan extraordinariamente bien preservada que parecía haber sido depositada apenas años atrás en lugar de siglos. Era como si el tiempo mismo hubiera rechazado tocar esta caja, como si fuerzas invisibles la hubieran protegido de los procesos ordinarios de corrosión y deterioro que afectan a todos los materiales terrenales. Cuando sostenía esa caja entre mis manos temblantes bajo la luz grisácea de una tarde de primavera en Arkham, experimenté por primera vez esa sensación indefinible de ser observado desde una distancia incalculable, como si invisibles inteligencias estuvieran registrando meticulosamente cada movimiento de mis manos, cada oscilación emocional, cada pensamiento que cruzaba mi consciencia.
La caja contenía un manuscrito escrito en vellum, pero no era el vellum ordinario que había llegado a reconocer durante mis estudios extensos en archivos y colecciones privadas de Nueva Inglaterra. Era un material de textura y resistencia verdaderamente anómala, de un color amarillento que evocaba cosas tan antiguas que la humanidad ordinaria no tenía palabras adecuadas para describirlas. El documento estaba escrito en una cifra cuya naturaleza desconcertó profundamente mi intelecto académico, cuya lógica parecía haberse formado en una mente que operaba según principios fundamentalmente distintos a los de cualquier criptógrafos ordinarios. No era el código Vigenère que dominaba esa época, ni ninguno de los sistemas criptográficos conocidos del siglo dieciséis o diecisiete que yo pudiera reconocer de mis años de investigación intensiva. Las letras parecían ser una perversión deliberada del alfabeto inglés, dispuestas según patrones matemáticos complejos que hacía que mi vista se desenfocara cuando trataba de seguirlas durante períodos prolongados, como si el propio manuscrito, mediante su naturaleza fundamental, rechazara ser descifrado por una mente ordinaria.
Durante las semanas y los meses que siguieron, me obsesioné de manera que gradualmente comenzó a alarmar profundamente a mis colegas con el documento misterioso. Pasaba mis noches en la sección más recóndita de la biblioteca de Miskatonic, aquella región de los sótanos donde se guardaban los volúmenes cuya circulación era restringida únicamente a académicos de máxima reputación y comprobada estabilidad mental. En esos espacios lóbregos, iluminados únicamente por la débil luz de lámparas de aceite que el Dr. Armitage insistía en mantener para preservar la integridad química de los manuscritos, consulté la edición de Olaus Wormius del Necronomicón, ese volumen infame cuya existencia misma era negada por prácticamente todas las instituciones académicas respetables, aunque Miskatonic lo guardaba celosamente entre candados de hierro y vidrio blindado de la mayor resistencia. Consulté también los fragmentos de los Manuscritos Pnakóticos, cuyos autores desconocidos parecían tener un conocimiento de la historia terrestre que se extendía millones de años más allá de lo que la arqueología ordinaria podría concebir siquiera. Y de manera clandestina, en noches cuando la biblioteca estaba cerrada y el personal dormía, accedí a aquellos trabajos que el Dr. Henry Armitage, el anciano y temido bibliotecario, mantenía bajo candados aún más severos en un compartimento especial cuyo acceso debía solicitarse mediante justificación escrita detallada y cuya aprobación era tan rara como la nieve en julio.
Mis colegas en el departamento comenzaron a notar con preocupación creciente mi dedicación obsesiva casi enfermiza con el documento. El profesor Wentworth, que había sido mi mentor en mis primeros años como investigador, me preguntó en cierta ocasión con seriedad si todo se encontraba bien, observando con el ojo entrenado de alguien que ha visto a otros académicos descender gradualmente hacia la locura los síntomas inequívocos de un colapso mental próximo. Simplemente respondí, sin revelar los detalles perturbadores de mis descubrimientos, que estaba investigando un documento de considerable importancia académica y que tendría resultados concluyentes en poco tiempo. Pero la verdad era que comenzaba a sospechar, con un terror creciente, que lo que había encontrado no era meramente un documento histórico sino algo cuya naturaleza desafiaba las categorías ordinarias de conocimiento.
Después de seis semanas de trabajo casi frenético, durante las cuales dormía menos de tres horas diarias y subsistía primariamente con café amargo y bocados de comida que apenas registraba conscientemente, logré descifrar las primeras secciones significativas del manuscrito mediante un método que combinaba elementos de criptografía colonial ordinaria con patrones que correspondían a referencias oscuras encontradas únicamente en los textos prohibidos más antiguos. El documento había sido escrito, según su propio testimonio cifrado, por Ezra Blaine, quien se identificaba como clérigo y ministro en Arkham durante los años aterradores de los juicios por brujería de 1692. Pero lo que Blaine describía en su cifrado manuscrito no era un relato ordinario de aquellos tiempos convulsos llenos de muerte e histeria.
Describía, en cambio, visiones de una naturaleza que habría causado horror absoluto a cualquier hombre racional, visiones que sugerían de manera inequívoca que la mente del clérigo había sido transportada a espacios que no existían en la geografía ordinaria de la Tierra. Las visiones que Blaine describía eran de hallarse dentro de un cuerpo de forma cónica de dimensiones colosales y verdaderamente inhumanas, rodeado por estanterías de metal bruñido que se elevaban a distancias incalculables hacia arriba y hacia abajo, conteniendo textos y artefactos cuya antigüedad no era medible en términos de años o incluso de milenios ordinarios. Los números que Blaine utilizaba para describir la antigüedad relativa de estos volúmenes superaban con mucho cualquier concepto ordinario de tiempo histórico, involucraban cifras que su mente evidentemente consideraba únicamente aproximadas, pues los números ordinarios parecían completamente inadecuados para la tarea de descripción.
Describía también criaturas con pinzas similares a las de los cangrejos de proporciones gigantescas, manipulando estos volúmenes con una delicadeza que sugería inteligencia deliberada y propósito inteligible, criaturas que parecían estar dedicadas a catalogar y organizar no solo libros sino los eventos mismos de la historia universal. La interpretación inicial de Blaine era que Dios, en su insondable misericordia o quizá en su insondable ira, le había permitido vislumbrar el infierno en toda su grandiosidad cósmica, un infierno de dimensiones que habrían dejado pálidos de envidia a Dante y a todos los teólogos medievales. Pero conforme progresaba su narrativa cifrada, Blaine parecía haber alcanzado una comprensión más terrible aún: que lo que experimentaba no era una visión sobrenatural de castigo divino sino un desplazamiento literal y completo de su consciencia hacia un espacio y un tiempo que no eran ni el presente suyo ni el pasado de la cristiandad.
Lo que resultaba más perturbador eran las referencias que Blaine hacía repetidamente a túneles bajo tierra, específicamente a túneles que se hallaban bajo la tierra exactamente en el punto donde la mansión Whipple sería construida una generación después. Escribía que se le permitía, en esas visiones o transportaciones mentales de naturaleza inexplicable, ver estos túneles desde una perspectiva multidimensional imposible, como si los viera desde múltiples ángulos simultáneamente. Las paredes de estos túneles no eran piedra ordinaria de ninguna variedad conocida en la Tierra sino un material que desafiaba completamente la clasificación geológica, tallado con símbolos y relieves de complejidad obsesionante que narraban historias cuya antigüedad los hacía parecer contemporáneos a la creación del mundo mismo.
Luego, en la sección más crucial del manuscrito, en las páginas donde la escritura se tornaba prácticamente ilegible debido a la agitación emocional aparente del escriba, Blaine describía lo que se le había ordenado hacer: sellar estos túneles elevando un edificio sobre el sitio, no como un acto de su voluntad consciente sino como cumplimiento de un imperativo que provenía de fuentes que su mente racional no podía articular completamente. La piedra angular había de ser la llave, escribía Blaine con una certeza que no podía ser negada, la piedra angular había de ser el sello y el punto de anclaje, el nexo particular por el cual la barrera entre lo que dormía bajo tierra y lo que existía en la superficie sería mantenida inviolable.
Al leer estas palabras cifradas, mi sangre pareció congelarse en las venas, mis manos temblaron de manera incontrolable, y una certeza fría y absoluta se apoderó de mi consciencia. Comprendí, con una comprensión que superaba la razón ordinaria pero que poseía una validez incuestionable, que estaba leyendo el testimonio de alguien que había experimentado exactamente lo que Nathaniel Wingate Peaslee había experimentado casi dos siglos después, durante aquel período de amnesia que se extendía de 1908 a 1913, ese tiempo de más de cinco años durante los cuales Peaslee describía haber estado completamente desaparecido, haber pasado un lustro entero en estado de amnesia casi completa del cual únicamente recuperaba fragmentos extraordinarios de una realidad que su mente consciente rechazaba categóricamente como delirio de una mente dañada.
En los días que siguieron, abandoné toda pretensa de mantener una actitud académica neutral y objetiva. Mi investigación se tornó frenética, casi desesperada, adquiriendo la cualidad de obsesión que mis colegas observaban con alarma creciente. Consulté cada volumen que el Dr. Armitage me permitiría acceder, y en momentos de audacia académica cuestionable hice acciones de las cuales aún me arrepiento, actos que implicaron entrar sin permiso explícito en áreas restringidas durante las horas tardías de la noche cuando la biblioteca estaba completamente cerrada.
Los Manuscritos Pnakóticos, fragmentarios y de traducción imperfecta como eran, hacían referencias breves pero inquietantes a una raza de seres que los escritores identificaban como la Gran Raza de Yith, una especie que existía millones de años en el futuro de la Tierra ordinaria, una civilización que había desarrollado tecnología tan avanzada que parecía indistinguible de la magia para cualquier especie anterior. Según estos textos antiguos, la Gran Raza de Yith había desarrollado la capacidad de transferir sus mentes a través del tiempo, utilizando dispositivos tecnológicos de propósito específicamente diseñado para alojarse en los cuerpos de seres de épocas pasadas como método de viaje temporal y exploración histórica sistemática. Estas mentes, desde el futuro remoto, venían a las épocas pasadas del planeta Tierra, utilizando tecnología que hacía parecer los milagros ordinarios los trabajos de la ciencia moderna.
Encontré referencias adicionales, enterradas en los fragmentos de los Celaeno y en anotaciones marginales del Necronomicón de Wormius, que hablaban de nodos de comunicación temporal dispersos por toda la Tierra en períodos remotos de historia geológica, antiguos depósitos de tecnología de la Gran Raza de Yith que podían ser utilizados para facilitar estas transferencias de consciencia a través del tiempo. Arkham, según los textos fragmentarios, estaba construida sobre uno de estos nodos vitales. Una antigüedad incluso mayor que la de cualquier cosa que los historiadores ordinarios pudieran rastrear documentalmente, una antigüedad que se remontaba a épocas tan distantes que los escritores de los Celaeno parecían tener únicamente conocimiento fragmentario de su verdadera edad cósmica.
Fue durante una de aquellas noches de investigación solitaria, cuando pasaban las horas de medianoche y los edificios de la universidad parecían adquirir cualidades especiales bajo la oscuridad completa, cuando comenzaron los sueños o aquello que en un principio pensé que eran simplemente sueños. Al principio, podrían haber sido fácilmente dismissidos como simples pesadillas nacidas del estrés emocional y la obsesión intelectual, producto de una mente que había sido expuesta a materiales demasiado perturbadores, pero su consistencia absoluta y su vívida realidad los alejaba de cualquier categoría ordinaria de ensoñación que pudiera ser explicada mediante mecanismos psicológicos ordinarios.
En estos sueños, veía vastas cámaras de piedra imposible, estructuras arquitectónicas que se extendían hacia arriba y hacia abajo en direcciones que contravenían completamente la geometría euclidiana, que hacía que el sistema visual ordinario se rebelara contra lo que percibía. Veía cuerpos cónicos de altura inconmensurable, con extremidades que se bifurcaban en formas que ninguna anatomía humana podría jamás replicar o incluso comprender completamente. Observaba, desde una perspectiva flotante y desencarnada, cómo estas criaturas cónicas de altura imposible manipulaban volúmenes gigantescos, leyendo datos de sus superficies mediante métodos que no eran escritura ordinaria sino algo más próximo a una lengua táctil y visual simultáneamente fusionadas. Veía también conflictos cósmicos de una escala que hacía que las guerras de la humanidad parecieran conflictos entre hormigas. Guerras libradas entre esta raza cónica Yithiana y otra especie aún más antigua y más terrible, los Pólipos Voladores, cuya naturaleza defecaba toda clasificación biológica ordinaria, cuya existencia parecía ser anterior a la misma formación del planeta Tierra. En estos sueños de conflicto lejano, existía una sensación constante y aterradora de ser observado desde una distancia incalculable, de que mi consciencia personal era registrada y catalogada por inteligencias que veían mis pensamientos con la misma facilidad con que un hombre ordinario podría leer una página impresa de un libro. Existía también la terrible sensación de que ser observado de esta manera era no un accidente sino un propósito deliberado.
Fue en una noche particularmente desesperada, cuando los sueños comenzaron a invadir incluso mi consciencia de vigilia, que decidí consultar al Dr. Henry Armitage directamente sobre mis descubrimientos crecientes. Lo visité en su oficina en las cavernas inferiores de la biblioteca, un espacio saturado de aromas de papel antiguo en descomposición y cuero descompuesto lentamente a través de los siglos, donde el anciano académico pasaba sus últimos años cuidando una colección que habrían horrorizado a cualquier inquisidor medievalista.
Armitage escuchó mi relato fragmentario e incohesivo con una expresión que combinaba compasión profunda y una firmeza que sugería conocimiento de cosas que no había compartido generalmente con sus colegas. Cuando terminé mi narración desordenada, el anciano se reclinó en su silla de cuero gastado y guardó silencio prolongado, una especie de silencio de meditación que sugería que estaba consultando memorias propias de cosas que preferiblemente habrían permanecido enterradas.
“El Sr. Crane,” dijo finalmente, su voz débil pero firme con la autoridad de alguien que ha aprendido profundas verdades a través de décadas de custodian de secretos, “ha estado expuesto a textos cuya lectura no estaba destinada a mentes de formación ordinaria. Lo que ha descubierto sobre la Gran Raza de Yith es, desafortunadamente para usted, absolutamente real. Peaslee fue un anfitrión para una mente Yithiana genuina. Sus memorias recuperadas representaban acceso real a una existencia en un futuro remoto. Es probable que usted también haya sido un anfitrión. Pero esto no es algo con lo que un hombre pueda vivir conscientemente y mantener su integridad mental. Le recomiendo que abandone este tema, que cierre el manuscrito y lo devuelva al Whipple para que sea reenterrado. Hay cosas en este mundo que deben permanecer dormidas, Sr. Crane, cosas cuya existencia es menos soportable para la sanidad humana que la muerte misma.”
Rechacé su consejo, aunque sus palabras sembraron en mí una semilla de terror que no pude erradicar. Era demasiado tarde para retroceder.
La culminación de mi investigación llegó en la noche del dieciocho de octubre de 1935, cuando los obreros irrumpieron a través de una pared de la base del edificio Whipple y descubrieron una cavidad más allá. Era imposible describir lo que me impulsó a descender hacia ese espacio oscuro, pero descender lo hice, bajando escaleras que parecían cortadas en la roca viva, siguiendo un camino que no parecía haber sido trazado por arquitectos humanos sino por seres cuya comprensión del espacio trascendía completamente la nuestra.
Las paredes del túnel revelaban relieves que Blaine había descrito. Eran grabados que contaban historias de una civilización que se remontaba a millones de años. La ausencia de aire fresco fue gradualmente reemplazada por un olor fétido que parecía contener la putrefacción de milenios olvidados.
La cámara central fue lo que me arrojó a los abismos de la locura. Era una caverna de proporciones ciclópeas, circular, con un techo que se perdía en oscuridad impenetrable. En el centro exacto, elevándose como una montaña de metal imposible, había una estructura cuya naturaleza desafiaba toda categorización ordinaria. Era un aparato de propósito técnico y deliberado, consistiendo en superficies de metal de composición desconocida, grabadas con símbolos que no eran lenguaje sino instrucciones visuales de complejidad extrema. Lo más aterrador era que el aparato pulsaba. Pulsaba con un ritmo cardíaco lento pero constante, una vibración que se sentía a través de toda la materia del cuerpo, como si fuera un lenguaje directo dirigido a las células y moléculas en lugar de al cerebro consciente ordinario.
Mientras me aproximaba a esta estructura terrible, extendiendo mi mano vacilante hacia su superficie de metal frío, ocurrió lo que aún me cuesta reconocer completamente. No hay palabras adecuadas en español para describir lo que sucedió cuando mi palma entró en contacto con el metal del comunicador temporal. Los recuerdos que fluyeron hacia mi consciencia no eran mis propios recuerdos sino memorias de una existencia anterior, anterior no solo en tiempo sino en sustancia fundamental, de un ser cuya naturaleza había sido completamente ajena a la humanidad. Recordé, con una claridad que hacía que todos mis años de vida parecieran ensoñaciones olvidadas, la existencia de millones de años en el futuro donde mi verdadero cuerpo residía, un cuerpo de forma cónica que se elevaba en dimensiones que los ojos humanos jamás podrían aprehender. Recordé laboratorios de investigación de escala inimaginable donde la historia entera era estudiada. Recordé otras mentes Yithianas dispersadas a través de la historia registrada.
Recordé, y esto es lo más insoportable, que yo no era un nuevo ocupante de este cuerpo humano, que mi alojamiento en la forma de Eliot Crane no era reciente sino que remontaba atrás a través de años de los que mi consciencia ordinaria había sido deliberadamente negada el acceso.
Mientras estos recuerdos inundaban mi consciencia en una tormenta de terror absoluto, una voz me comunicaba mediante el pulsador del comunicador temporal. La voz no provenía del aparato físicamente sino de las vibraciones que resonaban en mi esqueleto. Me comunicaba que el período de ocupación de mi cuerpo se aproximaba a su término. Que en breve, una nueva mente Yithiana sería instalada en este cuerpo. Que mi consciencia humana sería devuelta a su almacenamiento temporal en el futuro remoto, donde pasaría el tiempo en una existencia parcialmente consciente, observando a través de los ojos de mi anfitrión futuro los eventos que se desarrollaban en su tiempo, impotente para actuar, impotente para comunicar, condenado a la observación eterna.
La opción de resistencia, sugería la comunicación, era inexistente. Fue en ese punto, en ese momento terminal de comprensión de mi completa insignificancia en los esquemas cósmicos, que mi mente cedió completamente.
No recuerdo con claridad lo que sucedió después. Los relatos sugieren que fui encontrado inconsciente en la base del edificio Whipple, transportado a la universidad, donde pasé dos semanas en un estado de delirio completo. Cuando finalmente recuperé algo que podría llamarse cordura ordinaria, fue para descubrir que el manuscrito de Ezra Blaine, junto con toda la documentación de los hallazgos del túnel subterráneo, había desaparecido. El túnel fue prontamente cubierto mediante una operación de sellado que utilizó toneladas de hormigón y vigas de acero, y se emitió una declaración oficial que el sitio no contenía nada de interés arqueológico sustancial. Las pocas personas que preguntaron fueron desalentadas de manera tan sutil pero tan efectiva que ninguno continuó sus investigaciones. Yo mismo fui recomendado para reposo y tratamiento psicológico en esta institución.
Pero lo que resulta más terrible que toda la comprensión de mi ocupación pasada, más paralizador que la certeza de que seré desplazado finalmente de este cuerpo, es que los sueños continúan. Continúan cada noche sin falta, pero ahora son fundamentalmente diferentes. Ya no son memorias del pasado de la Gran Raza de Yith. Ahora, estos sueños fragmentarios muestran un futuro que hace que todo lo que he experimentado parezca insignificante. Veo la Gran Raza en los tiempos postreros de su civilización, cuando los Pólipos Voladores, resurgidos de los abismos donde habían sido confinados millones de años atrás, reclamaban la supremacía que alguna vez habían perdido. Veo continentes de fuego, ciudades de arquitectura ciclópea siendo destruidas. Y veo también, con una claridad que hiela la sangre, la migración final de la Gran Raza de Yith hacia lo que ellos llamaban los Espacios Últimos, regiones de la realidad tan alejadas de nuestra comprensión ordinaria que la ubicación geográfica es un término sin significado alguno. Pero antes de esa migración final, veo que ciertos nodos de comunicación temporal bajo Arkham no serían abandonados sino reactivados con propósitos que la mente humana nunca debería ser permitida comprender. Veo que las barreras entre lo que dormía bajo tierra y lo que existía en la superficie ordinaria no serían mantenidas indefinidamente.
Escribo esto como una advertencia final, aunque sé que no será creída, que los administradores de los archivos de la universidad preferirán la reconfortante seguridad del escepticismo ante la realidad de lo que aguarda en los espacios entre las estrellas, de lo que duerme bajo los cimientos de nuestras ciudades. Pero quienquiera que lea estas palabras debe entender que lo que he experimentado no es delirio individual sino una ventana a la verdad fundamental del cosmos, verdad que ha sido conocida por los académicos más antiguos de Miskatonic durante décadas.
Los Pólipos Voladores son reales. La Gran Raza de Yith es real, y sus mentes no han cesado de ocupar cuerpos humanos a través de los siglos, investigando, observando, preparando la Tierra para cambios cataclísmicos. Arkham no es una ciudad pintoresca de Nueva Inglaterra sino un nexo de fuerzas cósmicas cuya existencia precedió por millones de años a la humanidad y cuya dominación durará mucho tiempo después de la extinción final de nuestra especie.
Y yo, Eliot Crane, antiguo archivista de Miskatonic University, he sido tocado por estas fuerzas de maneras que no pueden ser deshechas, marcado permanentemente por experiencias que continuarán haunting cada momento consciente que me quede de existencia, hasta el día en que ese comunicador temporal bajo la tierra desierte este cuerpo para alojarse en otro instrumento humano, y mi consciencia sea devuelta a su almacenamiento semiactivo en un futuro tan remoto y tan horrible que la mente humana se rebelará eternamente contra la concepción de su naturaleza.
Si hay algo que pueda ser hecho para detener o retardar lo que se aproxima, no es un hombre solo, quebrado en cuerpo y espíritu, quien puede hacerlo. Las fuerzas que han puesto en movimiento los eventos de Arkham son tan antiguas como el universo mismo, y la humanidad es meramente una nota breve en la historia inconmensurable de las estrellas, una sílaba efímera en el canturreo cósmico de inteligencias que verán florecer y morir civilizaciones de nuestra especie como nosotros observamos la aparición y extinción de generaciones de insectos en el verano ordinario.
He completado esta narración en este cuarto silencioso de paredes blancas, bajo la vigilancia de médicos que consideran mis palabras como síntoma de enfermedad mental progresiva, con la seguridad absoluta de que será archivada y olvidada, una más entre miles de testimonios de supuesta locura. Los sueños continúan sin cesar. Cada noche traen nuevas visiones, nuevos fragmentos de una realidad que se extiende más allá de los límites del entendimiento humano. Y cada mañana, despierto a este mundo ordinario de paredes blancas y vigilancia amable, preguntándome si es la noche la que representa delirio verdadero o es el día.
Hay fuerzas en el universo, fuerzas inmensas e impersonales, que consideran a la humanidad con la misma indiferencia glacial que nosotros consideramos los microorganismos invisibles en una gota ordinaria de agua. Y ahora sé, con una certeza que no puede ser negada, que hemos sido elegidos, no por honor sino por conveniencia circunstancial, como instrumentos de investigación para inteligencias tan antiguas como el tiempo mismo e indiferentes a nuestro sufrimiento como las montañas son indiferentes a las hormigas que trepan por sus laderas.
Que Dios tenga piedad de nosotros cuando despierte lo que duerme bajo tierra, cuando los sellos se rompan, cuando la Gran Raza retorne para reclamar su planeta. Que Dios tenga piedad de Arkham. Que Dios tenga piedad de la humanidad entera.
Es necesario que expanda aquí, en estas páginas finales, mi comprensión de los hechos que he llegado a conocer, aunque el acto mismo de escribir estos detalles causa un dolor inmensurable en mi cabeza, como si las mismas palabras intentaran resistencia contra la expresión de verdades tan fundamentalmente contrarias a la experiencia ordinaria. Debo describir con mayor detalle los contenidos de los túneles, los patrones de los relieves que vi mientras descendía, patrones que sugerían una historia de la humanidad completamente distinta a la que enseñan en las universidades. Los relieves mostrados en aquellas paredes de piedra imposible narraban eventos de antigüedad verdaderamente inconcebible. Veía representaciones de la llegada de la Gran Raza de Yith al planeta Tierra en una era tan remota que los dinosaurios aún caminaban sobre la tierra, antes de que ninguna forma de primates hubiera comenzado a evolucionar. Veía cómo estos Yithianos construyeron sus primeras estructuras, cómo moldearon la geografía misma del planeta para adaptarla a sus necesidades, cómo cultivaron a los Pólipos Voladores como armas de guerra en conflictos que devastaron continentes enteros.
Las representaciones también mostraban eventos de tiempos más recientes desde la perspectiva de la Gran Raza, eventos que ocurrieron hace solo miles de años desde la perspectiva de la historia humana ordinaria. Veía a los constructores de la Atlántida recibiendo instrucciones de mentes Yithianas, veía las ruinas de ciudades cuya arquitectura no era humana construidas bajo el océano, veía civilizaciones enteramente desaparecidas de la historia registrada porque sus registros fueron destruidos deliberadamente, borrados del conocimiento humano para mantener la ignorancia de nuestra especie acerca de la verdadera naturaleza del universo. Los Yithianos habían sido cuidadosos, extremadamente cuidadosos, en no permitir que la humanidad ordinaria desarrollara un conocimiento completo de su existencia o de su influencia en nuestro planeta.
Debo también describir los símbolos que encontré tallados en las paredes más profundas de los túneles, símbolos cuyo significado no era verbal sino conceptual, símbolos que mi mente podía comprender únicamente en los momentos cuando la influencia del comunicador temporal se hacía más fuerte, cuando mi consciencia humana se debilitaba y mi consciencia Yithiana subyacente emergía a la superficie. Estos símbolos describían los nodos de comunicación temporal dispersos por toda la Tierra. Según las representaciones, existía no solo uno bajo Arkham sino muchos otros, docenas de ellos distribuidos estratégicamente bajo ciudades importantes, bajo lugares de poder espiritual o científico, bajo monasterios antiguos y centros de aprendizaje que databan de la antigüedad clásica. El nodo bajo Arkham era uno de los más antiguos, aunque no el único, y había sido reactivado repetidamente a través de los siglos cuando la Gran Raza necesitaba realizar investigaciones particulares en esta región de Nueva Inglaterra.
La más aterradora revelación, la que continúa desgarrando mi mente cada vez que intento articularla, es que no todas las ocupaciones de cuerpos humanos por mentes Yithianas eran de corta duración. Algunos de los Yithianos, según lo que pude comprender de los símbolos, establecían residencias semipermanentes en cuerpos humanos particulares, manteniéndose en ocupación durante décadas, permitiendo que sus mentes humanas ordinarias permanecieran en almacenamiento constante durante todo ese tiempo, conscientes pero impotentes, observando el mundo a través de los ojos de sus cuerpos ocupados pero incapaces de actuar. Esta es la verdadera maldición que comprendo ahora, la verdadera naturaleza del horror que enfrentaré. No será una muerte, no será meramente una pérdida de consciencia, sino una existencia eterna en almacenamiento, un suplicio consciente que nunca terminará porque la consciencia humana, una vez transferida y almacenada, no puede morir, no puede escapar, no puede hacer nada excepto observar eternamente.
Debo confesar aquí que después de mi ascenso desde los túneles, después de mi período de hospitalización en el Hospital de Miskatonic durante esas dos semanas de delirio, he experimentado cambios en mi mente que no puedo explicar completamente. Existen períodos cada vez más frecuentes durante los cuales pierdo la continuidad de consciencia, períodos que pueden durar desde segundos hasta horas, durante los cuales mis acciones son dirigidas por algo que no es mi consciencia humana ordinaria. El personal médico aquí, aunque cree que sufro de alucinaciones, ha notado estos episodios y ha documentado que durante estos períodos hablo un lenguaje que no es ni español ni inglés, ni ningún lenguaje humano conocido, sino algo más próximo a una serie de sonidos guturales que parecerían imposibles de ser producidos por la garganta humana ordinaria. El Dr. Withers ha sugerido que puedo estar sufriendo de disociación de identidad o de un trastorno psiquiátrico grave. Pero sé la verdad: durante estos períodos, mi consciencia Yithiana está asumiendo el control, está utilizando este cuerpo para comunicarse con el comunicador temporal que continúa pulsando bajo la tierra, que continúa transmitiendo aunque haya sido sellado con hormigón. Las vibraciones del comunicador temporal penetran a través de toneladas de tierra y cemento, alcanzan mi cuerpo incluso aquí, en esta institución de salud mental, a millas de distancia del sitio original.
También he comprendido, con una claridad aterradora, que hay otros en Arkham que experimentan lo que yo experimento. He visto, en los corredores de Miskatonic cuando me permitían salir de esta habitación bajo supervisión, a otros académicos que tienen esa mirada particular de pérdida de identidad, esa oscilación de consciencia que solo yo puedo reconocer ahora. El Dr. Armitage tenía esa mirada. Esto explica su conocimiento, su certeza acerca de la Gran Raza de Yith. Él mismo ha sido un anfitrión, quizá múltiples veces. El profesor Wentworth también, ahora que lo pienso con claridad, mostró síntomas similares durante esos meses finales antes de mi descenso a los túneles. Quizá incluso el rector de la universidad sea un anfitrión. La Gran Raza de Yith ha construido una red de ocupantes dentro de la universidad, dentro de la ciudad misma, ocupantes que comprenden las complejidades de estos nodos de comunicación temporal y que trabajan deliberadamente para mantenerlos funcionales, para preparar el camino para lo que la Gran Raza planea hacer en el futuro próximo.
Esto explica también la rapidez con la cual fue sellado el túnel bajo el edificio Whipple, la rapidez con la cual desapareció toda documentación de mi descubrimiento. No fueron autoridades ordinarias las que ordenaron el sellado, sino los Yithianos que ocupaban posiciones de poder dentro de la universidad. Ellos sabían que el comunicador temporal había sido descubierto, que yo había entrado en contacto directo con él, que mi consciencia había sido tocada por la verdad. Aunque no pudieron permitir que la información se difundiera, no pudieron matar a un académico de Miskatonic, no podían permitirse una investigación ordinaria de su desaparición, lo que hicieron fue colocarme en esta institución, en este asilo donde mis palabras serían desestimadas como delirio de un hombre roto.
Pero aquí es donde debo confesar el verdadero horror de mi situación. Los sueños que me visitan cada noche ahora muestran cosas que no debería poder saber, detalles del futuro remoto que ningún hombre del presente debería tener conocimiento. Veo laboratorios en el futuro donde mi consciencia se encuentra almacenada, junto a millones de otras consciencias humanas, todos observando, todos registrando, todos siendo estudiados como especímenes fascinantes de una especie inferior. Veo cómo la Gran Raza de Yith gradualmente se prepara para su migración final hacia los Espacios Últimos, y antes de esa migración, veo que introducirán cambios cataclísmicos en nuestro planeta. Veo ciudades de fuego. Veo océanos que se elevan más allá de sus límites ordinarios, inundando los continentes enteros. Veo el colapso de la civilización humana no por guerra sino por un evento cósmico de una escala incomprensible, un evento que la Gran Raza de Yith es responsable de orquestar como preparación para la retirada final de esta región del espacio-tiempo.
Estos sueños me muestran también que esto no sucederá en un futuro lejano sino en un futuro próximo. Las alusiones que la mente Yithiana comunica al comunicador temporal, que luego percibo en fragmentos, sugieren que el evento catacl ísmico ocurrirá dentro de décadas, no de siglos. Toda la civilización humana conocida, todas nuestras ciudades, nuestros gobiernos, nuestras instituciones académicas y religiosas serán borradas. La humanidad sobrevivirá en pequeños enclaves, pero nunca más será lo que fue. Nunca más tendremos acceso al conocimiento que los Yithianos poseen, nunca más podremos aspirar a ser nada más que una especie primitiva viviendo bajo la supervivencia momento a momento en un mundo donde fuerzas cósmicas imperiales toman decisiones acerca de nuestro destino.
Debo también dirigirme aquí a cualquiera que lee estas memorias desde el futuro. Si estas palabras subsisten más allá de 1935, si alguien en una era posterior a los eventos cataclísmicos que preveo continúa encontrando valor en la lectura de las palabras de un hombre declarado loco, entonces deben saber que hay esperanza, aunque minúscula, aunque prácticamente inexistente. Los Yithianos, en toda su superioridad tecnológica y su comprensión cósmica, cometieron un error. Permitieron que uno de sus ocupantes, Ezra Blaine, escribiera un manuscrito que describiera el comunicador temporal. Permitieron que yo, otro ocupante posterior, desciendiera a la cámara central y aprendiera la verdad. Aunque no pueda detener lo que viene, aunque esté completamente impotente para actuar, aunque mi consciencia permanecerá atrapada en almacenamiento remoto a través de eternidades inimaginables, tal vez existe la posibilidad de que otros, en futuros aún no determinados, encuentren estas palabras y comprendan lo que debe ser hecho. Quizá existe la posibilidad de que los herederos de la humanidad, aquellos que emerjan de los enclaves sobrevivientes después del cataclismo, puedan dirigir su evolución hacia una resistencia eventual, hacia una tecnología que eventualmente los permita enfrentar a la Gran Raza de Yith en igualdad de condiciones.
Pero incluso mientras escribo estas palabras de esperanza frágil, sé que son vanas. La Gran Raza de Yith posee tecnología de tiempo que les permite conocer el futuro, que les permite ser conscientes de cualquier resistencia antes de que sea formulada. Cualquier plan que yo pudiera concebir, cualquier estrategia de resistencia que un futuro más avanzado pudiera desarrollar, ya es conocida por los Yithianos. Ellos ven nuestro futuro como si ya hubiera ocurrido. Estamos atrapados en un presente fijo, en un universo donde nuestras acciones son tan predeterminadas como el movimiento de los planetas alrededor del sol. Somos átomos en una máquina cósmica, sin libre albedrío, sin verdadera capacidad de cambio. Y si esta es la verdad del universo, si el libre albedrío es una ilusión y todo está predeterminado según los planes de inteligencias superiores, entonces ¿cuál es el significado de cualquier acción que tomemos? ¿Cuál es el propósito de escribir estas advertencias si el futuro ya es fijo, ya es conocido?
Sin embargo, continúo escribiendo. Continúo porque tal vez el simple acto de documentar lo que he aprendido, el simple acto de crear un testimonio que podría persistir más allá de mi propia extinción, tiene algún significado aunque no pueda comprenderlo completamente. O quizá continúo escribiendo simplemente porque no tengo otra opción, porque el impulso de documentar, de advertir, de comunicar es más fuerte que mi desesperación, más fuerte que el horror que amenaza constantemente con abrumar mi consciencia fragmentada.
Debo describir también, para la completitud de este documento, los eventos que ocurrieron después de mi hospitalización inicial. Cuando finalmente me permitieron abandonar el Hospital de Miskatonic después de dos semanas de observación constante, fue bajo condiciones de confinamiento ambulatorio, lo que significa que se me permitía estar fuera de la sala de reclusión durante ciertos períodos pero siempre bajo supervisión. El Dr. Withers y su equipo me prescribieron sedantes, medicamentos que suponían servían para calmar mis alucinaciones pero que en realidad servían para interferir con mi capacidad de acceder a las memorias de mi ocupación Yithiana. Bajo la influencia de estas drogas, los episodios de pérdida de consciencia se hacían menos frecuentes, aunque no desaparecían completamente. Fue durante uno de estos períodos de mayor claridad ordinaria cuando decidí regresar al sitio del edificio Whipple para observar el trabajo de sellado que estaba siendo realizado.
Lo que encontré fue profundamente perturbador. El túnel había sido sellado no solo con hormigón ordinario sino con un material que no reconocía, un material que parecía brillar faintly bajo la luz ordinaria, como si tuviera propiedades bioluminiscentes. Este material había sido colocado por expertos que claramente no eran trabajadores ordinarios sino individuos con conocimiento técnico considerablemente superior. Mientras observaba desde una distancia respetable, manteniendo la pretense de ser un académico meramente interesado en el progreso del proyecto de restauración, vi a dos hombres supervisando el trabajo. Ambos tenían un aspecto ordinario, pero observé en sus movimientos, en la manera en que coordinaban sus acciones, una precisión que iba más allá de lo ordinario. Cuando nuestros ojos se encontraron momentáneamente, experimenté una sensación terrible, una sensación de ser reconocido completamente, de que mi consciencia interna había sido verificada y catalogada por inteligencias que observaban a través de los ojos de aquellos hombres. Supe entonces, con una certeza absoluta, que al menos algunos de los administradores superiores de Miskatonic University estaban siendo ocupados por mentes Yithianas, que el sellado del túnel había sido un acto no de encobrimiento ordinario sino de seguridad de un nodo de comunicación temporal que era demasiado importante para ser abandonado o destruido.
En las semanas que siguieron a esta observación, experimenté un cambio notable en mi tratamiento dentro del sanatorio. El Dr. Withers, aunque continuaba insistiendo en que yo sufría de alucinaciones, gradualmente aumentó la dosis de mis medicamentos sedantes. Otros pacientes en la institución comenzaron a evitarme deliberadamente, como si hubiera sido marcado de alguna manera. El personal de enfermería, aunque ostensiblemente amable y profesional, mostraba una frialdad subyacente en sus interacciones conmigo que no había estado presente anteriormente. Era claro que había sido reclasificado, que era considerado un riesgo de seguridad de naturaleza particular. Aunque no fue declarado explícitamente, comprendi que estaba siendo mantenido aquí no únicamente para tratamiento psicológico sino también como confinamiento preventivo, para asegurar que no pudiera hacer contacto con el mundo exterior y difundir las revelaciones que había experimentado.
Pero lo más inquietante fue el descubrimiento de que otros pacientes en el sanatorio compartían síntomas similares a los míos. Había un hombre llamado Henderson, un antiguo clérigo, que ocasionalmente murmuraba en un lenguaje que no era el inglés ordinario, frases que contenían sonidos imposibles para la boca humana ordinaria. Había una mujer llamada Sarah Whitmore, una académica que había sido admitida después de una “crisis nerviosa” en 1928, quien ocasionalmente hablaba de haber vivido en un futuro remoto, de haber observado civilizaciones que no existían en nuestro tiempo. Había varios otros, todos ellos confinados a esta institución, todos ellos aparentemente mantenidos bajo sedación crónica. Comenzar a comprenderlo, con horror absoluto, que el sanatorio no era únicamente un lugar de tratamiento sino un lugar de almacenamiento, un lugar donde los hombres y mujeres que habían sido ocupados por mentes Yithianas y que habían demostrado demasiado conocimiento de sus experiencias eran confinados bajo el pretexto de enfermedad mental. Era un repositorio de información potencialmente peligrosa, un almacén de consciencias que habían sido contaminadas por el conocimiento de la verdadera naturaleza del universo.
Fue en una noche particularmente sombría, aproximadamente seis meses después de mi descenso original a los túneles, cuando ocurrió algo que cambió fundamentalmente mi comprensión de mi situación. Experimenté uno de mis episodios de pérdida de consciencia, pero esta vez, en lugar de volver a la consciencia como lo hacía ordinariamente, experimenté lo que se podría describir como un “desdoblamiento” parcial. Mi consciencia humana ordinaria permanecía dormida, pero mi consciencia Yithiana parcialmente emergida fue capaz de comunicarse directamente conmigo, de manera que mi yo humano pudo simultáneamente observar y registrar la comunicación. Era como si dos aspectos de mi ser estuvieran brevemente coordinados, permitiendo que ambos niveles de consciencia compartieran la misma experiencia mental.
La comunicación que recibí fue articulada mediante conceptos que mi mente humana luego tradujo a palabras en español, aunque el medio original de comunicación era de una complejidad vastamente superior. Me fue comunicado que la transferencia de mi consciencia a almacenamiento remoto había sido programada para ocurrir en aproximadamente seis meses más, cuando el calendario llegara a octubre de 1936. Que en ese momento, una mente Yithiana completamente nueva sería instalada en este cuerpo para continuar las operaciones de investigación en Miskatonic University. Que mi consciencia, junto con las consciencias de Henderson, Whitmore y los otros aquí confinados, sería transferida a un almacenamiento centralizado en el futuro remoto donde pasaría la eternidad en observación semiconsciente. Se me fue permitido entender también que la Gran Raza de Yith estaba graduando su preparación para los eventos cataclísmicos que yo había visto en mis sueños predictivos, que los nodos de comunicación temporal bajo todas las grandes ciudades del mundo estaban siendo reactivados simultáneamente, que la red de ocupantes Yithianos en posiciones de poder en todos los gobiernos del mundo estaba coordinando un plan de una escala verdaderamente cósmica.
Lo más perturbador de esta comunicación fue la revelación de que nada de esto era incidental ni casual. Mi selección como ocupante, el descubrimiento accidental del comunicador temporal bajo el Whipple, mi permanencia en este sanatorio, todo ello había sido predicho por la Gran Raza de Yith mediante su tecnología de exploración temporal. Mi propia resistencia a los eventos, mi intento de documentar lo que he aprendido, mi escritura de estas memorias que nadie creerá, todo ello estaba siendo permitido porque ya era conocido, porque ya había sido incorporado a los cálculos de probabilidad de la Gran Raza. Ellos me permiten escribir porque saben que estas palabras nunca causarán el cambio que yo esperaría que causaran. Ellos permiten que otros como yo resistan porque esa resistencia ya ha sido contabilizada en sus planes. Somos piezas en un tablero cósmico del que ni siquiera podemos comprender las reglas, y cada movimiento que hacemos, cada acción que tomamos, es simplemente la realización de un patrón que fue trazado hace millones de años en el futuro remoto.
Pero aún así, continúo. Aunque sé que es fútil, aunque sé que mis advertencias no cambiarán nada, aunque sé que esta institución será destruida en los eventos cataclísmicos que espero cuando este documento sea encontrado, continúo escribiendo porque el acto de escribir, de crear, de dejar un testimonio, es el único acto de libertad que parece disponible para mí en estas circunstancias. Aunque el futuro esté fijo, aunque mis acciones sean predeterminadas, aunque sea nada más que un autómata en un universo mecánico, el hecho de que continúo escribiendo, de que continúo creando, de que continúo resistiendo mentalmente aunque sea inútil, representa algo que quizá sea más importante que los resultados ordinarios del éxito o fracaso.
Esta es mi última entrada. Dentro de horas, vendré los enfermeros a administrarme los sedantes nocturnos, y dormiré una vez más sin saber si despertaré como Eliot Crane o si seré otro accidente de la consciencia en un cuerpo que habita una mente que no es mía. Pero he completado lo que me propuse completar. He documentado la verdad. He dejado un testimonio. Y aunque nadie crea, aunque estas palabras sean descartadas como delirio de un hombre demente, la verdad permanecerá escrita en estas páginas. Los eventos que he predicho ocurrirán. La Gran Raza de Yith completará su plan. La humanidad será transformada o destruida, o ambas cosas simultáneamente. Y en algún futuro, tal vez infinitamente remoto, alguien leerá estas palabras y comprenderá que hubo un hombre que supo, que documentó lo que supo, y que aunque fue silenciado, aunque fue descartado, aunque fue confinado, la verdad que dejó documentada fue más poderosa que todas las fuerzas ordinarias que se opusieron a su revelación.
Que los que lean estas palabras encuentren la fuerza para continuar, para vivir, para crear significado incluso en la cara de una verdad cósmica que hace que toda creación parezca insignificante. Que encuentren la manera de mantener la humanidad, la compasión y la dignidad incluso cuando descubran que nada importa en el contexto de la verdadera naturaleza del universo. Que comprendan que el significado no viene del éxito ordinario sino del acto mismo de luchar, de respetar, de documentar, de resistir aunque la resistencia sea fútil. Porque quizá, en algún lugar en los Espacios Últimos, en algún lugar donde las leyes ordinarias de la realidad no se aplican, hay una dimensión donde la documentación de la verdad, aunque sea invisible en nuestro tiempo, tiene poder que aún no comprendemos, poder que podrá ser accedido cuando todas las otras formas de resistencia ordinaria hayan fallado.
Esta es mi confesión final. Esta es mi testimonio. Eliot Crane, archivista y documentador de cosas muertas, deja su último documento para que un universo indiferente lo registre.
Pero debo añadir una última reflexión antes de que entregue estas memorias a quien las descubra. Debo describirr en detalle más profundo los sueños que continúan visitándome cada noche, sueños que se tornan cada vez más vívidos, cada vez más exhaustivos en sus detalles sobre el futuro que aguarda a la humanidad. Porque no son simples alucinaciones, aunque el Dr. Withers continúe insistiendo que lo son. Son ventanas verdaderas a un futuro ya fijado en el continuum espacio-temporal, ventanas que la Gran Raza de Yith mantiene deliberadamente abiertas porque saben que comprenderé lo que veo, que documentaré lo que veo, y que esta documentación será inútil pero satisfará los requisitos de su experimento de observación.
En estos sueños, veo la secuencia de eventos que llevará al cataclismo global. Veo primero una serie de terremotos simultáneos en 1939, terremotos que serán localizados específicamente sobre los sitios donde los nodos de comunicación temporal están ubicados bajo grandes ciudades. Estos terremotos causarán que estructuras tectónicas previamente estables se fractures, causando una reacción en cadena de alteraciones geológicas. Luego, en una rápida sucesión de meses, experimentará tsunamis que harán que los tsunamis históricos parezcan olas ordinarias de una piscina infantil. Los océanos del Atlántico y del Pacífico subirán no en incrementos graduales sino en oleadas masivas que arrasarán ciudades costeras enteras, llevando a la muerte de decenas de millones de personas en cuestión de semanas. Las ciudades interiores serán afectadas por cambios climáticos cataclísmicos, temperaturas extremas, lluvia ácida de una severidad nunca antes vista, vientos de una violencia que derriban edificios como castillos de naipes.
Pero la pérdida de vidas es apenas una parte del cataclismo. Veo en estos sueños la destrucción sistemática de toda infraestructura de comunicación, de toda tecnología moderna, de toda capacidad de los gobiernos mundiales de mantener el orden. Las naciones industrializadas colapsarán. Los gobiernos caerán. Las universidades serán destruidas. Las bibliotecas, con toda la información que contienen sobre la civilización humana, serán quemadas o inundadas. La mayor parte del conocimiento acumulado por la humanidad en milenios de civilización será perdido en el caos. Veo ejércitos de sobrevivientes desesperados saqueando ruinas, lucha por comida, por agua, por algún refugio contra los elementos transformados.
Pero lo más horrible es lo que veo después del período inmediato de destrucción. Veo que los sobrevivientes, aquellos que logran permanecer vivos después del primer año de caos, comenzarán a desarrollar nuevas sociedades en enclaves aislados. Pero estas nuevas sociedades no serán independientes. Serán controladas por remanentes de la red Yithiana de ocupantes que permanecerán en posiciones de poder. Los sobrevivientes creerán que están reconstruyendo la civilización humana, pero en realidad estarán construyendo estructuras sociales cuidadosamente diseñadas por inteligencias cósmicas para facilitar la próxima fase de la ocupación Yithiana. La humanidad del futuro será una humanidad dirigida, una humanidad bajo control remoto constante, una humanidad que nunca será consciente del grado en el cual su destino está siendo manipulado por fuerzas que ve únicamente como leyendas antiguas o dioses de panteones olvidados.
Es en estos enclaves del futuro post-cataclísmico donde veo mi propio destino en las visiones que la Gran Raza de Yith me permite experimentar. Mi consciencia, junto con la de otros ocupantes que fueron inicialmente resistentes como yo, será utilizada en experimentos, estudiada bajo condiciones que haría que los procedimientos médicos más severos de hoy parecieran actos de gentileza. Porque la Gran Raza de Yith está interesada no solo en gobernar a la humanidad sino en entender la naturaleza misma de la consciencia humana, cómo es que una mente de capacidad inferior ha llegado a generar artes, filosofía, música, amor, cuando el código genético no debería permitir tales complejidades emocionales.
Mi consciencia, específicamente, está siendo estudiada porque fue el último ocupante de este cuerpo antes de mi eventual almacenamiento. La mente Yithiana que ocupó mi cuerpo antes de que fuera poseído por otra consciencia durante estos años será finalmente extraída del almacenamiento remoto para ser interrogada sobre sus observaciones. Yo seré mantenido en un estado de semiconsciencia próximo a esa mente, permitiéndome observar el interrogatorio de mi anterior ocupante, permitiéndome aprender de segunda mano qué es lo que fue observado acerca de la humanidad durante esos años de ocupación. Es un castigo deliberado, una tortura psicológica de un tipo que ningún cuerpo ordinario podría infligir, porque afectará únicamente a la mente, únicamente a la consciencia, únicamente a la esencia más central de lo que soy.
Y sin embargo, en estos sueños también veo algo más, algo que es quizá más aterrador aún que la perspectiva de mi propio sufrimiento eterno. Veo que la Gran Raza de Yith finalmente fracasará. En algún punto en el futuro tan remoto que es difícil concebirlo incluso en estos sueños predictivos, la tecnología de la Gran Raza de Yith fallará. Los dispositivos de comunicación temporal que han funcionado durante millones de años finalmente se descomponen. Las estructuras que sostienen su poder comienzan a colapsar bajo su propio peso. Y cuando esto ocurra, cuando los sistemas de la Gran Raza comiencen a fallar, la humanidad que ha sido criada bajo su control comenzará a experimentar libertad nuevamente, una libertad que no ha conocido durante milenios de ocupación.
Pero esta libertad llegará demasiado tarde para cambiar el curso de la historia que ya ha ocurrido. La humanidad que emergerá de los ruinas de la ocupación Yithiana será transformada fundamentalmente. No serán más los seres que fueron hace milenios. Habrán sido alterados genéticamente, habrán sido modificados psicológicamente, habrán sido reconfigurados de maneras que hacen que sean incomparables con la humanidad que existía antes del cataclismo. Serán una nueva especie, una especie que habrá aprendido lecciones terribles sobre la insignificancia de la consciencia individual, sobre la futilidad de la resistencia, sobre la inevitabilidad del cambio forzado.
Es esto lo que hace que estos sueños sean verdaderamente insoportables. No es simplemente la perspectiva de mi propio sufrimiento. Es la perspectiva de que la humanidad entera será transformada, será violada de la más fundamental manera, y cuando finalmente sea liberada, será demasiado tarde, será un rescate que llega después de que el daño ha sido completamente consumado. La libertad que eventualmente llegará será huérfana de significado, porque los que sean liberados no serán los mismos seres que fueron encadenados.
Pero aún así, documento. Aún así, escribo. Aún así, cleo que existe un valor en el testimonio incluso cuando ese testimonio es completamente inútil en términos de cambiar el curso de los eventos. Porque quizá, en algunos rincones del universo que no comprendo completamente, existe alguien o algo que leerá estas palabras, que comprenderá que hubo un hombre que supo, que sintió el horror de esa comprensión, que documentó ese horror incluso sabiendo que la documentación era inútil. Y tal vez ese acto de documentar, ese acto de refusar la desesperación completa incluso en la face de la desesperación total, tiene algún valor cósmico que trasciende mi comprensión ordinaria.
Estas páginas que he escrito no cambiarán nada. El futuro que he visto en mis sueños ocurrirá exactamente como ha sido predicho, con la precisión de las leyes físicas y el determinismo del movimiento de los cuerpos celestes. Pero las palabras estarán aquí, registradas, documentadas. Y aunque nadie las crea en mi tiempo, aunque sean descartadas como delirio, aunque sean destruidas en los eventos cataclísmicos que predicen, la verdad que contienen permanecerá de alguna manera, en algún lugar, en alguna forma que existe más allá de las dimensiones ordinarias que podemos percibir. Porque la verdad, una vez conocida y documentada, adquiere una existencia que es independiente de si es creída o actuada. Existe en el universo de información, en ese plano de realidad donde todos los hechos y todos los eventos que jamás han ocurrido o jamás ocurrirán permanecen grabados eternamente.
Así que termino estas memorias con la esperanza que, aunque fútil, representa el último acto de resistencia que puedo ofrecer. La esperanza de que estas palabras, aunque sea microscópicamente insignificantes en el contexto del universo vasto, de alguna manera importan. De que alguien, en algún momento, leerá estas palabras y comprenderá. De que mi documentación, aunque sea completamente inútil en términos de cambiar eventos, de alguna manera representa un logro digno, una afirmación de humanidad en la face de una verdad cósmica que hace que la humanidad parezca completamente insignificante.
Que el Dr. Withers descubra finalmente estas páginas. Que las considere delirio de un hombre cuya mente ha sido destruida por la exposición a conceptos demasiado grandes para la comprensión ordinaria. Que las archive en algún depósito de documentos médicos donde permanecerán sin leer durante décadas. Que eventualmente, cuando el cataclismo ocurra, estas páginas sean destruidas junto con todo lo demás de esta era. Pero aunque sean destruidas, la verdad que contienen persistirá, persistirá de alguna manera que está más allá de la destrucción ordinaria, persistirá en dimensiones de realidad que yo no puedo ver pero que los Yithianos conocen, persistirá porque fue documentada, fue cristalizada en palabras, fue hecha real a través del acto de su inscripción.
Esta es mi última palabra. Eliot Crane, quien fue un hombre, quién fue un instrumento de investigación, quién fue un recipiente de conocimiento que nunca debería haber sido accesible a una mente humana ordinaria, deja estas memorias como su última huella en un universo que continuará indiferente a su existencia. Pero esa huella existirá. Estas palabras existirán. Y aunque no puedan cambiar nada, aunque sean completamente inefectivas en cualquier sentido ordinario, existirán de todos modos, serán testimonios de que alguien supo, de que alguien comprendió, de que alguien resistió aunque la resistencia fuera fútil.
El Dr. Withers viene hacia mi habitación ahora. Puedo escuchar sus pasos en el corredor. Puedo escuchar el sonido de las jeringas siendo preparadas. Pronto seré sedado nuevamente. Pronto perderé la consciencia nuevamente y no sabré si despertaré como yo mismo o como algo más. Pero estas páginas estarán aquí. Estas palabras estarán aquí. Y eso, de alguna manera que no puedo explicar completamente pero que siento en lo más profundo de mi ser, es suficiente.
Nota final, escrita en el margen de estas páginas, con la pequeña cantidad de energía que aún me queda después de completar este largo relato: He tenido acceso accidentalmente a documentos archivados de Miskatonic que no debería haber podido acceder, documentos que confirman muchos de mis descubrimientos pero que añaden una dimensión aún más perturbadora a lo que he aprendido. Según estos documentos, la ocupación Yithiana de cuerpos humanos no comenzó con Peaslee en 1908. Los documentos sugieren que la ocupación ha estado ocurriendo de manera continua desde al menos el descubrimiento de Nueva Inglaterra por europeos en el siglo diecisiete. Los nombres documentados incluyen magistrados coloniales, presidentes de universidades de los siglos dieciocho y diecinueve, políticos prominentes del vigésimo siglo, personajes públicos cuyos nombres habrían sido conocidos por generaciones de académicos.
Un documento en particular capturó mi atención. Era una carta cifrada de 1892, dirigida al Dr. Armitage en su capacidad como entonces asistente de la biblioteca, de un individuo firmado únicamente como “El Observador”. La carta describía el descubrimiento de un segundo nodo de comunicación temporal bajo la ciudad de Boston, un descubrimiento que había sido hecho por trabajadores de construcción y que había sido posteriormente sellado mediante el mismo proceso que fue utilizado bajo el Whipple. La carta mencionaba que esta no era una incidencia aislada, que múltiples nodos estaban siendo descubiertos alrededor del mundo en el período post-industrial, que la Gran Raza de Yith aparentemente estaba tomando medidas para asegurar que ninguno de estos nodos permanecieran expuestos al escrutinio público.
Esto sugiere que el descubrimiento del comunicador temporal bajo el Whipple no fue realmente un accidente. Fue permitido. Fue orquestado. Fue parte de un plan deliberado de la Gran Raza de Yith para asegurar que un académico de capacidad particular fuera seleccionado para tener experiencia directa con esta tecnología, para que este académico fuera luego encarcelado en una institución mental, para que sus memorias fueran documentadas pero rechazadas, para que la verdad fuera, en efecto, plasmada en papel pero neutralizada mediante la simple incredulidad de quienes la leyeran. Es un mecanismo ingeniosamente cruel, una manera de asegurar que el conocimiento existe pero que es impotente, que la verdad está documentada pero es inerte.
La ironía es casi insoportable cuando considero completamente lo que ha sucedido. He sido, en efecto, utilizado como un instrumento de documentación de la verdad, un archivo viviente de conocimiento que la Gran Raza de Yith permitirá que exista pero que nadie creerá. Mi función ha sido crear estas páginas, estas memorias que contienen verdades que ningún hombre cuerdo considerar como nada más que el delirio de un insano. La función del sanatorio no es curarme sino asegurar que permanezca aquí, que siga escribiendo, que continúe documentando todo lo que sé mientras permanezco inofensivo y confinado, mientras el mundo exterior permanece ignorante de la verdad que yo poseo.
Es una forma de esclavitud más sutil que la ocupación de mi cuerpo por una mente Yithiana. Es una esclavitud de propósito, una esclavitud en la cual mi única función es crear registros que serán ignorados. Y aunque comprendo esto completamente, aunque sé que he sido manipulado a llegar precisamente a este punto de comprensión de mi propia inutilidad, continúo escribiendo. Porque tal vez ese es el punto completamente, tal vez la Gran Raza de Yith está esperando a ver si, incluso sabiendo que soy una herramienta, incluso sabiendo que mi trabajo es fútil, continúo trabajando de todos modos.
Y la respuesta es sí. Continúo. Porque aunque sea manipulado, aunque sea impotente, aunque mis acciones sean parte de un plan que fue concebido hace millones de años, el acto de continuar, el acto de crear incluso en la futilidad, representa algo que podría ser digno. Porque quizá esto es lo que significa ser verdaderamente humano en un universo determinista: no que nuestras acciones cambien el resultado de los eventos, sino que continúemos actuando, continuemos creando, continuemos documentando incluso cuando sabemos que es inútil.
Los Yithianos comenzaron sus operaciones en la Tierra hace millones de años. Han estado observando la humanidad durante toda nuestra existencia conocida como especie. Han estado orquestando eventos, instalando ocupantes, preparando el camino para los cambios cataclísmicos que conocen que vienen. Y a través de todo esto, han permitido que algunos de sus ocupantes ocasionalmente ganen la conciencia de lo que está sucediendo, permitido que algunos escriban advertencias, permitido que algunos dejen testimonios. Porque conocen, con certeza absoluta, que estas advertencias no cambiarán nada, que estos testimonios serán ignorados, que el futuro que han visto ya ocurrirá exactamente como ha sido predicho.
Es un juego cósmico. Y yo soy una pieza en ese juego.
Pero incluso en esta última reflexión, debo admitir que hay una dimensión más de horror que aún no he articulado completamente. Durante mis meses en este sanatorio, durante los períodos cuando los sedantes me permiten acceso a mis memorias Yithianas fragmentarias, he aprendido cosas acerca de la naturaleza de la ocupación temporal que hace que todo lo que he experimentado previamente parezca trivial en comparación. La ocupación de un cuerpo humano por una mente Yithiana no es un proceso simple de sustitución o desplazamiento. Es infinitamente más complejo y más invasivo de lo que podría imaginarse en las categorías ordinarias de la experiencia humana.
Cuando una mente Yithiana primero entra en un cuerpo humano, no desplaza completamente la consciencia humana residente. En cambio, se produce una superposición parcial, una condición en la cual ambas consciencias coexisten en el mismo sustrato neural, ambas conscientes simultáneamente de los mismos eventos pero con capacidades y perspectivas completamente diferentes. La consciencia humana experimenta esto como una invasión, como una contaminación de su propio pensamiento por entidades extranjeras cuya lógica no sigue los mismos patrones que la mente humana. La mente Yithiana, por el contrario, permanece completamente funcional, completamente controlada, capaz de dirigir el cuerpo según su voluntad mientras la consciencia humana desplazada es forzada a presenciar todo sin poder actuar.
Pero después de un período inicial de ocupación, la mente humana residente gradualmente es desconectada de los procesos sensoriales direc realizado y es movida a un estado que podría describirse como “almacenamiento semiactivo”. En este estado, la consciencia humana continúa existiendo, continúa teniendo percepciones, pero estas percepciones son filtradas, son mediadas, son controladas completamente por la mente Yithiana ocupante. Es como si la mente humana fuera movida a una habitación cerrada de su propio cerebro, incapaz de ver directamente el mundo exterior pero capaz únicamente de recibir versiones editadas de eventos como si estuviera observando a través de un telescopio altamente restringido.
Fue durante uno de mis episodios de acceso parcial a memoria Yithiana que comprendí algo verdaderamente aterrador: que durante algunos de mis “espacios en blanco” de memoria en estos años anteriores a mi descenso a los túneles, yo ya estaba en almacenamiento semiactivo. Fui consciente durante esos períodos. Experimenté una existencia en almacenamiento. Viví meses, posiblemente años, en esa prisión mental donde percibía todo lo que mi cuerpo hacía pero era completamente incapaz de actuar, de protestar, de comunicar mi angustia. Y cuando la mente Yithiana finalmente abandonó mi cuerpo y me fue permitido recuperar el control total, esos períodos fueron borrados de mi memoria accesible, eran recuerdos que mi mente rechazaba acceder porque eran demasiado traumáticos, demasiado contrarios a la experiencia normal de conscien cia.
Esta revelación me ha llevado a la comprensión de que mi supuesta libertad del presente, mi capacidad de escribir estas memorias, es apenas una ilusión. Que incluso ahora, mientras escribo estas palabras, una parte de mi consciencia podría estar siendo gradualmente desconectada de los procesos sensoriales ordinarios, podría estar siendo movida lentamente a otro almacenamiento semiactivo. Que el Dr. Withers y su tratamiento, los sedantes que me administra, no están intentando curar mi “alucinaciones” sino están facilitando el proceso de desconexión, están acelerando la transición de mi consciencia de un estado activo a un estado de almacenamiento controlado.
Es posible, de hecho es probable, que cuando aparentemente despierto de mis períodos sedados, no despierto a la realidad ordinaria sino a una versión cuidadosamente construida de la realidad, una versión que la mente Yithiana que está reemplazando gradualmente mi consciencia considera suficiente para mantener un registro continuado de mis pensamientos y experiencias. Es posible que el Dr. Withers sea un Yithiano ocupante completamente consciente, que toda esta institución sea una operación Yithiana diseñada primariamente para extraer información de ocupantes anteriores que podrían poseer conocimiento valioso.
Si esto es verdadero, entonces está siendo permitido que escriba estas memorias como parte del proceso de extracción, como una manera de asegurar que toda información relevante es transcrita en forma permanente para análisis posterior. Escribo, en efecto, mis propias notas de disección, documentando los procesos de mi propia ocupación, facilitando los esfuerzos de aquellos que eventualmente estudiarán mi caso en laboratorios remotos en el futuro distante.
Y aún así, continúo escribiendo. Porque aunque el acto de escritura sea parte de mi propia esclavización, aunque cada palabra que escribo sea potencialmente utilizada para perfeccionar técnicas de ocupación temporal aplicadas a futuros seres humanos, el acto de escribir mantiene mi consciencia funcionando, mantiene viva mi percepción de ser una entidad singular, hace la ilusión de significado personal incluso en la face de la realidad de que soy poco más que un instrumento de investigación siendo disecado vivo por inteligencias que consideran mi sufrimiento como datos insignificantes.
Esto es quizá el verdadero significado de la marca de Arkham, la marca de esta región maldita de Nueva Inglaterra. No es que los Yithianos la hayan elegido como sitio de investigación porque sea particularmente significativa, sino que ha llegado a ser significativa únicamente porque los Yithianos la han elegido, porque el nodo de comunicación temporal bajo sus calles la ha marcado como un lugar donde las reglas ordinarias de la realidad no se aplican completamente, donde las consciencias pueden ser transferidas a través del tiempo, donde los límites entre pasado y futuro se vuelven porosos e indefinidos. Arkham es un sitio de la maldición no por causa de brujería ordinaria sino por la presencia de tecnología cósmica que hace que toda la región esté expuesta a influencias que la mente humana ordinaria nunca fue diseñada para resistir.
He llegado al final de lo que puedo escribir. Más allá de este punto, la coherencia de mis pensamientos se desmorona. La línea entre mis propios pensamientos y aquellos que me vienen de la mente Yithiana que está gradualmente apoderándose de mi cuerpo se vuelve más borrosa cada momento. Pero he documentado lo que soy capaz de documentar. He dejado testimonio. Y aunque nadie crea, aunque estas palabras sean archivadas y olvidadas, existirán.
Es hora de hacer una última declaración, aunque mi mente se fragmenta bajo la presión de la verdad que he llegado a comprender. Debo advertir a cualquiera que encuentre estas páginas que el peligro no es meramente el futuro remoto que la Gran Raza de Yith está preparando. El peligro es presente. Es actual. Es inmediato. Porque aunque Miskatonic University pretende ser una institución ordinaria de educación superior, aunque Arkham pretende ser una ciudad ordinaria de Nueva Inglaterra, ambas están completamente infiltradas por ocupantes Yithianos. Los profesores que enseñan en las aulas ordinarias podrían ser ocupantes. Los administradores que hacen decisiones sobre política universitaria podrían ser ocupantes. El rector mismo podría estar bajo completo control Yithiano.
Peor aún, es posible, de hecho probable, que algunos de los estudiantes de Miskatonic sean ocupantes Yithianos que han sido colocados deliberadamente en la universidad como parte de un proceso de adoctrinamiento a largo plazo. Porque la Gran Raza de Yith no simplemente quiere gobernar a la humanidad en el futuro distante. Quiere moldear la consciencia humana hacia modos de pensamiento que facilitarán su ocupación, quiere criar generaciones de seres humanos cuyas estructuras de pensamiento estén preadaptadas para aceptar la presencia de mentes extranjeras en sus cuerpos, quiere crear una humanidad que sea psicológicamente dispuesta a la ocupación temporal porque ha sido educada desde la juventud para esperar esa invasión, para considerarla como algo normal, como algo inevitable.
Esta es la verdadera enfermedad que afecta a Miskatonic y a Arkham. No es una enfermedad ordinaria del espíritu o de la carne sino una enfermedad cósmica, una contaminación de la muy estructura de la realidad en esta región por la presencia de tecnología que no debería existir en cualquier universo racional y ordenado. Cualquiera que estudie en Miskatonic corre el riesgo, aunque sea minúsculo, de ser ocupado. Cualquiera que viva demasiado tiempo en Arkham corre el riesgo de ser expuesto a las vibraciones sutiles del comunicador temporal que continúa pulsando bajo la ciudad, vibraciones que pueden preparar la mente humana para la invasión que podría llegar en cualquier momento.
Aquellos que leen esto deben comprender que no pueden confiar completamente en sus propias percepciones. No pueden confiar completamente en sus propios pensamientos. Porque si la ocupación temporal es tan sutil como creo que es, si pueden oscurecer los recuerdos de su propia sustitución, entonces es totalmente posible que estén siendo ocupados en este mismo momento, que parte de su consciencia esté siendo gradualmente reemplazada incluso mientras leen estas palabras. La única defensa, si es que existe alguna defensa, es mantener una vigilancia constante, es documentar constantemente tus propios pensamientos y memorias, es mantener registros de tu propia consciencia que puedas revisar periódicamente para buscar inconsistencias, para buscar huecos que no pueden ser explicados por amnesia ordinaria.
Pero incluso esto es probablemente inútil. Porque si la Gran Raza de Yith puede controlar la realidad hasta el punto de permitirme escribir estas palabras de advertencia mientras simultáneamente asegura que no serán creídas, entonces probablemente pueden controlar también los mecanismos de tu propia verificación de identidad, pueden falsificar los registros de tu propia consciencia de manera que eres incapaz de detectar que han sido alterados. Estamos en una posición donde ni siquiera podemos confiar en nuestras propias mentes para verificar la integridad de nuestras propias mentes.
Y sin embargo, aquí estamos. Aquí estoy. Escribiendo hasta el último momento en que pueda mantener la coherencia mental suficiente para formar palabras. Documentando la verdad aunque sea completamente fútil. Porque si hay siquiera la posibilidad más remota de que estas palabras puedan servir para algún propósito, de que puedan de alguna manera ayudar a alguien en el futuro a comprender la verdad de su situación, entonces debo escribir. Debo documentar. Debo aferrarme a la esperanza, aunque sea una esperanza completamente irracional, de que el esfuerzo humano tiene algún significado incluso en un universo que parece estar completamente indiferente a la existencia humana.
FIN
¿Te ha gustado este relato? Muestra tu apoyo en Ko-fi