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El Catálogo del Profesor Webb

I. El Encargo

Es con una sensación de profundo y casi irresistible pavor que me dispongo ahora a consignar por escrito los eventos que precedieron a la desaparición de la doctora Margaret Hollis en aquella noche funesta del mes de noviembre de 1928. No lo hago con la esperanza ingenua de que se me crea—pues bien sé que cualquier persona cuerdamente formada rechazará de inmediato la sustancia de lo que he de narrar—sino más bien con la imperante necesidad de dejar constancia de los hechos antes de que la senil confusión de mis facultades mentales me impida recordarlos con la suficiente claridad. He trabajado durante décadas como bibliotecario en la Universidad de Miskatonic, y fue precisamente en tal capacidad que presencié, aunque indirectamente, aquella sucesión de circunstancias que culminarían en una revelación de naturaleza tan profundamente perturbadora que aún hoy, después de tantos años transcurridos, me resulta imposible conciliar el sueño sin experimentar visiones de carácter inquietante e indefinible.

La doctora Hollis era una académica de considerable reputación en los círculos especializados de la catalogación de libros raros y antiguos. Provenía de una antigua familia de Nueva Inglaterra, cuya historia se remontaba a los tiempos coloniales, y poseía no solamente una inteligencia extraordinaria sino también aquella perseverancia gélida y casi obsesiva que caracteriza a los verdaderos investigadores. Fue durante la primavera de 1928 cuando el entonces director de nuestra institución, el finado doctor Henry Armitage, le encomendó una tarea que, aunque en apariencia resultaba meramente académica, habría de revelar implicaciones de una vastedad y malignidad imposibles de anticipar.

El encargo consistía en nada menos que en la elaboración de un catálogo cruzado exhaustivo de toda la colección de textos ocultistas y oscuros que se hallaban bajo llave en el ala restringida de nuestra biblioteca. Esta colección, que durante décadas había permanecido en un estado de relativa desorganización—consecuencia natural de su naturaleza delicada y de las restricciones que limitaban su acceso—contenía volúmenes de una procedencia y un carácter tales que su misma existencia había sido siempre motivo de especulación entre los eruditos menos prudentes. Allí se albergaba el legendario Necronomicón de Abdul Alhazred, aquel tomo maldito del cual incluso la sola mención produce un escalofrío indefinible en quienes poseen un conocimiento siquiera parcial de su contenido. Junto a él reposaban otros textos igualmente infames: el De Vermis Mysteriis del obscuro Ludvig Prinn, el Liber Eibon con sus crónicas de aquella misteriosa tierra de Hyperborea, los Manuscritos Pnakóticos—esos fragmentos pétreos que guardaban el saber de la Gran Raza de Yith—, los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, los Fragmentos de Celaeno, y otros tantos compendios del conocimiento prohibido cuya simple enumeración habría de causar consternación en cualquier hombre de educación convencional.

El doctor Armitage había confiado en que una mente ordenada y científicamente formada como la de la doctora Hollis sería capaz de establecer una matriz de referencias cruzadas que facilitara el estudio académico de estas colecciones sin comprometer la integridad espiritual de sus investigadores. ¡Cuán cruelmente ingenua resultaría ser esta estimación! Pues lo que el estimable bibliotecario no había considerado—y lo que yo mismo, en mi entonces menor grado de percepción de estas materias sombrías, tampoco había previsto—era que ciertos patrones de conocimiento no pueden ser reorganizados, clasificados ni catalogados sin que el acto mismo de su ordenamiento constituya algo de naturaleza mucho más peligrosa que la mera reunión fortuita de sus partes.

II. Los Primeros Anómalos

Margaret Hollis comenzó su trabajo con aquella meticulosidad característica de los verdaderos eruditos, en el transcurso del mes de junio. La vi con frecuencia en la sala de la colección restringida, donde se le había permitido realizar su labor bajo cierto grado de supervisión. Su expresión durante aquellas primeras semanas reflejaba únicamente la concentración tranquila de una académica abocada a una tarea importante pero, en su esencia, convencional. Ella elaboraba sus fichas, tomaba notas en sus cuadernos de tapa de cuero, y parecía hacer considerable progreso en aquella empresa clasificatoria.

Fue aproximadamente en la última semana del mes de julio cuando advertí un cambio imperceptible pero definido en su demeanor. Continuaba acudiendo a la biblioteca con la regularidad de siempre—de hecho, comenzó a extender sus horas de trabajo bien entrada la noche—, pero algo había alterado la compostura habitual de sus rasgos. Era como si, conforme avanzaba en su catalogación, fuera siendo progresivamente sometida a alguna presión psíquica de naturaleza creciente. Sus ojos adquirieron ese brillo peculiar que caracteriza a quienes han experimentado un vislumbre de algo que la mente humana no fue diseñada para comprender.

Fue durante esta época cuando cometí el error—acaso inevitable—de entablar conversación con ella. Había adquirido por entonces cierta familiaridad con algunos de los textos que ella estaba catalogando, pues era mi responsabilidad mantener los registros de acceso y preservación de dichos volúmenes. Recuerdo con particular claridad una tarde en que la encontré en el sótano, contemplando con una expresión de perplejidad profunda una página del Necronomicón.

“¿Ha encontrado alguna anomalía en los textos, doctora Hollis?” pregunté, en un esfuerzo por romper el silencio incómodo que parecía envolver sus labores.

Ella levantó la vista lentamente, como si emergiera de un estado de abstracción mental muy profundo. Su respuesta, cuando finalmente llegó, fue ponderada pero reveladora:

“Señor bibliotecario, ¿ha notado usted alguna vez que los textos en nuestra colección restringida, pese a haber sido escritos en épocas vastamente separadas y por autores que no pudieron haber mantenido comunicación, contienen referencias sumamente similares a ciertos fenómenos astronómicos específicos? Es como si… como si una misma fuente de información hubiera sido fragmentada deliberadamente y distribuida entre múltiples obras.”

Esta observación, que en aquel momento me pareció el simple producto de una mente fatigada por el exceso de estudio, habría de revelarse posteriormente como el primer indicador de una cadena de descubrimientos que ninguno de nosotros estaba verdaderamente preparado para confrontar.

Conforme avanzaba agosto, comenzaron a aparecer nuevas complejidades en su trabajo. Margaret había comenzado a crear no solamente un catálogo simple de los textos, sino un verdadero compendio de referencias cruzadas que ocupaba ya decenas de páginas manuscritas. Cada volumen, cada fragmento de antigua sabiduría, era relacionado con los demás mediante anotaciones que indicaban paralelos sorprendentes. Ubicaciones geográficas que aparecían en el Necronomicón se repetían, casi idénticamente, en los Manuscritos Pnakóticos. Fórmulas rituales mencionadas en los Unaussprechlichen Kulten encontraban eco en el Liber Eibon. Sucesiones numéricas, coordenadas celestes, patrones de símbolos geométricos—todo parecía converger en un patrón mayor que ella se esforzaba sistemáticamente en desentrañar.

Fue durante la segunda semana de septiembre cuando se produjo el incidente que habría de precipitar los eventos posteriores. Hallé a Margaret en un estado de considerable agitación, rodeada de fragmentos de papiro y antiguos códices que había esparcido sobre la gran mesa de trabajo del archivo restringido. Sus manos temblaban ligeramente mientras señalaba hacia las anotaciones que había sido compilando.

“Es real,” susurró, con una voz que apenas superaba un susurro angustioso. “No puede ser coincidencia. La geometría es demasiado precisa, los patrones demasiado coherentes. Estos textos no fueron escritos independientemente. Fueron extraídos de algo más antiguo. Algo vastamente más antiguo. Y quien quiera que realizara esa fragmentación… lo hizo deliberadamente.”

III. El Patrón Revelado

Cuando accedí a revisar sus notas durante la última semana de septiembre, comprendí plenamente el alcance de sus descubrimientos—y también, debo confesar con vergüenza, la profundidad de mi propia negligencia en no haber percibido estas anomalías anterioridad. El catálogo que Margaret había estado elaborando revelaba un patrón cosmológico de una coherencia asombrosa, como si todos los fragmentos dispersos a lo largo de centurias de conocimiento prohibido fueran, en realidad, piezas de un único y vasto rompecabezas.

En el Necronomicón, aparecían referencias específicas a ciertos ángulos celestes que indicaban las posiciones de entidades cósmicas de naturaleza indescriptible. Estos mismos ángulos, expresados en términos matemáticos diversos pero fundamentalmente idénticos, aparecían nuevamente en los Manuscritos Pnakóticos, donde se describía el pretérito conocimiento de la Gran Raza de Yith. En los Unaussprechlichen Kulten de von Junzt, Margaret había identificado una sucesión de coordenadas geográficas que, cuando se trazaban sobre un mapamundi, formaban un patrón que reproducía exactamente los mismos ángulos celestes que habían sido empleados para describir posiciones estelares.

Pero lo verdaderamente perturbador—lo que habría de causar, en mi interior, aquella primera punzada de verdadero pavor—fue lo que Margaret descubrió tras correlacionar estos patrones con datos astronómicos contemporáneos. Las alineaciones celestes que los textos antiguos describían no eran registros de fenómenos pasados. Eran predicciones. Y, calculadas con una precisión que violaba toda noción racional de lo que debería ser posible en las antiguas civilizaciones, estas predicciones indicaban un futuro próximo—un futuro que se hallaba tan solo a pocos años de distancia.

Según los cálculos de Margaret, ciertas conjunciones de cuerpos celestes que los textos describían como “los tiempos del retorno” ocurrirían aproximadamente en el año 1931. No pude evitar notar que la cifra había sido subrayada varias veces en sus notas, como si ella hubiera estado verificando repetidamente los cálculos, esperando acaso encontrar algún error que refutara la conclusión tan inquietante que se imponía inevitablemente.

“¿Qué significa, según su interpretación, este ‘retorno’?” pregunté, aunque en el fondo de mi ser temía ya conocer la respuesta.

Margaret me miró entonces con una expresión que combaba tanto la inteligencia aguda de la erudita como una especie de desamparo existencial que haría estremecer el corazón de cualquiera que la presenciara.

“No creo que represente nada que pueda ser expresado en los términos ordinarios de nuestra comprensión,” respondió lentamente. “Los textos refieren a entidades de naturaleza cósmica—seres que existieron cuando nuestro planeta era joven y que fueron, de alguna forma, impedidos de manifestarse en el mundo de los hombres. Pero ese impedimento, según lo que he descubierto en el análisis cruzado de estos fragmentos, no es permanente. Es cíclico. Y cuando las estrellas se alinean correctamente, cuando esos cuerpos celestes vuelvan a ocupar las posiciones que ocupaban en tiempos anteriores, entonces… entonces el sello que las mantiene confinadas se debilitará.”

El silencio que siguió a estas palabras fue de una densidad casi tangible. Permanecí en la sala de archivos durante largo rato después de que Margaret se retirara, contemplando las páginas de sus anotaciones, preguntándome si era realmente posible que estos textos antiguos, estos fragmentos de lo que suponíamos era mera superstición y delirio religioso, contuvieran realmente descripciones válidas de una cosmología tan profundamente ajena a todo lo que la ciencia moderna había establecido como verdadero.

IV. La Advertencia del Profesor Webb

Fue el propio doctor Henry Armitage quien sugirió que Margaret consultara con el Profesor William Webb, antropólogo de la Universidad de Miskatonic que se había ganado considerable reputación por sus estudios de cultos obscuros en diversas partes del mundo. El Profesor Webb era un hombre de edad avanzada, pero poseía aún una agudeza mental que parecía trascender los límites ordinarios de lo que debería ser posible en alguien de su edad. Había, en sus ojos, una cualidad de conocimiento que iba más allá de lo meramente académico—una cualidad que sugería que había visto cosas que pocos hombres civilizados habrían sido capaces de soportar.

Margaret se entrevistó con el Profesor Webb durante la primera semana de octubre. No presencié esta reunión, pero obtuve posteriormente un relato de sus circunstancias a través de la propia Margaret, quien se presentó en mi despacho algunos días después con una expresión de perturbación todavía más profunda que la que había caracterizado su estado mental en semanas anteriores.

“El Profesor Webb conoce el patrón,” me informó sin preámbulo alguno. “No con la precisión que yo he logrado determinarlo, pero lo conoce. Ha pasado años investigando lo que denomina ‘sistemas de creencia aberrantes’ en diversas culturas, y ha llegado, a través de métodos completamente independientes de los míos, a conclusiones fundamentalmente similares.”

“¿Qué fue lo que le dijo?” pregunté, aunque una sensación de pavor presago comenzaba a manifestarse en las profundidades de mi conciencia.

“Me advirtió que detuviera mi trabajo,” respondió Margaret, con una voz que temblaba ligeramente. “Fue muy específico en su advertencia. Me dijo que ciertos patrones de conocimiento no deben ser conectados, que el acto de su conexión constituye algo más que un mero ejercicio académico. Citó, en particular, un incidente de hace varios años en el que su investigación de una secta en Groenlandia lo llevó a descubrimientos de naturaleza similar a los míos. Afirmó que cuando comprendió la totalidad de lo que aquellos patrones significaban, fue como si algo en el cosmos hubiera… notado su comprensión. Como si el mismo acto de desentrañar el patrón hubiera enviado una especie de señal.”

“¿Una señal a qué, doctora Hollis?” pregunté, aunque temía profundamente la respuesta.

“A ellos,” susurró Margaret. “A aquellos a quienes los textos se refieren como los Grandes Antiguos. A Cthulhu en su ciudad sumergida de R’lyeh. A Yog-Sothoth, que existe más allá de todas las dimensiones ordinarias del espacio y del tiempo, que es la Llave y la Puerta, que lo ve todo y lo sabe todo, pero que permanece separado de nuestro mundo por barreras que la mayoría de los hombres no puede ni siquiera concebirlas.”

V. El Fragmento y el Todo

El Profesor Webb reiteró su advertencia durante varias conversaciones que mantuvo posteriormente con Margaret, según pude inferir a través de sus comentarios ocasionales. Pero si en un principio ella pareció adoptar una actitud de cautela, esta actitud no perduró. La naturaleza del descubrimiento que había hecho—la revelación de una estructura de conocimiento tan vasta y tan completamente ajena a toda la comprensión ordinaria de la historia humana—ejercía sobre su mente una fascinación que no podía ser resistida. Era como si, habiendo vislumbrado la punta de un velo cósmico de una magnitud inimaginable, no pudiera abstenerse de intentar levantarlo completamente.

Fue durante las primeras semanas de octubre cuando Margaret llegó a la conclusión que habría de precipitar el desenlace de esta lamentable historia. Mediante un análisis meticuloso de los patrones que había identificado, llegó a determinar no solamente que los textos en nuestra colección contenían fragmentos de una fuente común, sino que podía, con considerable precisión, reconstruir la secuencia en la cual estos fragmentos habían sido extraídos originalmente.

Esta fue una revelación de profundas implicaciones. Significaba que los textos—el Necronomicón, el De Vermis Mysteriis, el Liber Eibon, los Manuscritos Pnakóticos, los Unaussprechlichen Kulten, y todos los demás—no eran en realidad textos independientes sino que constituían, en su totalidad, secciones de una única obra maestra de conocimiento prohibido que había sido deliberadamente fragmentada siglos atrás, posiblemente milenios, y distribuida entre diferentes autores, diferentes culturas, diferentes regiones del mundo.

Cuando Margaret me comunicó esta conclusión, me encontraba en mi despacho ordenando algunos registros administrativos. Ella entró sin anunciar su llegada, su apariencia deteriorada visiblemente en el transcurso de las semanas precedentes. Sus ojos tenían una cualidad febricitante, y sus movimientos eran los de alguien que ha estado privándose del sueño de manera sistemática.

“Puedo reconstruirlo,” declaró, con una voz que era apenas poco más que un susurro. “Puedo restaurar los fragmentos en el orden correcto. He estado compilando el catálogo no simplemente como una herramienta de referencia bibliográfica, sino como un mapa de cómo estos fragmentos deben ser reunidos. Si elaboro la secuencia completa—si presento cada cita, cada párrafo, cada alusión en el orden que sugieren los patrones que he identificado—podré recrear la estructura original del texto matriz.”

“¿Por qué desearía hacer algo semejante?” pregunté, aunque una sospecha horrible comenzaba a formarse en mi mente.

“Porque es la verdad,” respondió ella con una intensidad que era casi aterradora. “Es la historia verdadera de nuestro mundo, de nuestro universo, de las fuerzas cósmicas que existían antes de que la humanidad fuera concebida ni remotamente, que continuarán existiendo mucho después de que hayamos retornado al polvo. ¿No ve usted? Este es el catálogo perfecto, el catálogo que permitirá que cualquiera que lo lea comprenda la realidad verdadera de la existencia.”

Fue en ese momento cuando comprendí, con una claridad terrible, lo que el Profesor Webb había estado advirtiendo. No era el conocimiento en sí lo que resultaba peligroso, sino el acto de su síntesis—la reunión deliberada de los fragmentos dispersos en un patrón coherente. Porque al hacerlo, al completar el patrón, al crear lo que era esencialmente un mapa detallado de la geometría cósmica, algo se estaba activando. Algo que había estado dormido, o confinado, o simplemente aguardando el momento adecuado.

“Doctora Hollis,” le supliqué, “le ruego que cese inmediatamente en este trabajo. Lo que está describiendo no es simplemente la reconstrucción de un texto antiguo. Según todo lo que he comprendido a través de sus explicaciones anteriores, lo que está realizando es algo más cercano a…”

“A una invocación,” completó ella, asintiendo lentamente. “Sí. Finalmente lo comprende. El catálogo no es simplemente un documento académico. Es una invocación, una más en una serie de invocaciones que se han estado realizando a lo largo de siglos, cada una de ellas incompleta, cada una de ellas transmitiendo parcialmente el mensaje, pero ahora—ahora, por primera vez en la historia del conocimiento humano—la invocación será completa. Y aquello que ha sido invocado responderá.”

VI. Las Manifestaciones

Los fenómenos comenzaron aproximadamente una semana después de que Margaret hubiera comunicado su intención de completar la síntesis de los textos. No fueron fenómenos espectaculares, al menos no en los términos ordinarios de lo que podríamos considerar como événements de magnitud cósmica. Fueron, más bien, anomalías de naturaleza sutil pero profundamente perturbadora.

Los primeros reportes provenían de algunos de los estudiantes más avanzados que tenían acceso a la biblioteca restringida bajo supervisión. Afirmaban que las noches habían comenzado a poblarse de sueños de una calidad extraordinariamente vívida—sueños que compartían características comunes, a pesar de que los soñadores no podían haber compartido información sobre los mismos. En estos sueños, describían ruinas de ciudades que no parecían existir en ningún lugar del mundo conocido. Ruinas que se sumergían en océanos de una profundidad inconcebible. Arquitectura de ángulos que desafiaban la lógica euclidiana, con estructuras que parecían existir simultáneamente en más de tres dimensiones.

La geometría de la biblioteca misma pareció, según los reportes de los guardianes nocturnos, comenzar a comportarse de maneras extrañas. Los pasillos que habían sido familiares durante décadas parecían haber adquirido una longitud anómala. Una escalera que debería haber conducido al tercer piso conducía, en cambio, a una cámara completamente desconocida que ninguno de nosotros recordaba que existiera. Las luces parecían difundirse de maneras que no correspondían a las leyes ordinarias de la óptica.

El doctor Armitage expresó considerable preocupación por estos reportes, aunque fue cauteloso en la expresión de sus temores. Fue durante esta época cuando por fin compartió conmigo, en privado, información sobre la verdadera naturaleza de algunos de los textos que habían sido encomendados a nuestra custodia. Confirmó lo que Margaret había deducido—que ciertos patrones existían en los textos, patrones de una antigüedad incalculable y de un origen fundamentalmente misterioso. Pero lo que no había compartido conmigo anteriormente era que el doctor Armitage mismo había experimentado fenómenos similares años atrás, cuando un incidente en la cercana ciudad de Dunwich había requerido que consultara los textos más oscuros de nuestra colección para contener aquello que había sido liberado allí.

“Hay fuerzas,” me explicó el doctor Armitage con una gravedad que nunca le había visto expresar con tanta intensidad, “que esperan más allá de los límites del mundo que percibimos ordinariamente. Fuerzas que son tan completamente ajena a la moral, la intención, o cualquier concepto que la mente humana pueda comprender, que el mismo conocimiento de su existencia constituye un peligro para la cordura humana. El Necronomicón, los textos que lo acompañan en nuestra colección—todos ellos son, en realidad, advertencias. Son fragmentos de una cosmología verdadera, redactados por hombres que cometieron el error de aprender demasiado acerca de la verdadera naturaleza de la existencia. El Profesor Armitage estaba en lo correcto al advertir a la doctora Hollis. Lo que ella está haciendo no es simplemente completar un catálogo. Está tejiendo los hilos de una comunicación que puede resultar en consecuencias de las cuales no podemos prever completamente la magnitud.”

Fue durante esta conversación cuando el doctor Armitage se refirió, aunque de manera oblicua, a ciertos versos del Necronomicón—versos que habrían de adquirir para mí, posterior a los eventos subsecuentes, un significado de pesadilla:

“Aquello que no está muerto puede eternamente yacer, y en los eones más raros, incluso la muerte puede morir. Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah-nagl fhtagn.”

No fue hasta mucho después que comprendería plenamente lo que estas palabras significaban—que lo que hemos tomado como muerto, como vencido, como confinado en los océanos más profundos del espacio y el tiempo, podría nunca estar verdaderamente muerto, que su confinamiento podría ser temporal, que los ciclos del cosmos traerían inevitablemente el momento de su retorno.

Margaret trabajó sin descanso durante toda la última quincena de octubre. El catálogo creció hasta alcanzar proporciones que eran casi incomprehensibles—cientos de páginas de correlaciones cruzadas, de citas reconstruidas en lo que ella afirmaba era el orden verdadero, de análisis de la estructura cosmológica que los textos revelaban. Hablé con ella en varias ocasiones durante este período, e invariablemente encontré que su estado mental se estaba deteriorando. Su lenguaje se tornaba cada vez más errático, sus referencias a lo que estaba viendo en los textos se volvían más fragmentarias y perturbadora.

“Las geometrías no son solo de espacio,” me confió durante uno de nuestros últimos encuentros, “sino de tiempo. Los textos describen una civilización que existía cuando el tiempo mismo era diferente, cuando las restricciones que ahora gobiernan la causalidad no existían. Y hay referencias… referencias a que bajo ciertas condiciones, cuando los patrones cósmicos se alinean correctamente, esas restricciones pueden aflojarse nuevamente.”

“¿Quiere decir que está sugiriendo que la causalidad misma es susceptible de alteración?” pregunté, buscando alguna forma de racionalizar lo que ella estaba diciendo dentro de los términos de un entendimiento lógico.

“No la causalidad,” respondió Margaret, negando con la cabeza. “La dirección. El flujo unidireccional del tiempo en el cual estamos atrapados. Los textos mencionan que hay seres—la Gran Raza de Yith, por ejemplo—que experimentan el tiempo de maneras completamente diferentes a nosotros. Y hay indicios de que hay entidades aún más antiguas, aún más fundamentalmente ajenas a nuestro modo de existencia, que no están constreñidas por el tiempo de ninguna forma. Yog-Sothoth es descrito como ‘la Llave y la Puerta,’ como aquel que ve simultáneamente todos los tiempos—pasado, presente, y futuro—como si fueran un único momento inmóvil.”

Estos fueron los últimos comentarios coherentes que escuché de la doctora Hollis. Después de esto, sus comunicaciones conmigo se tornaron cada vez más fragmentadas, hasta que finalmente cesaron por completo.

VII. La Desaparición

La noche del 15 de noviembre de 1928 marca el punto final de lo que podría ser considerado como la carrera académica de la doctora Margaret Hollis. Aquella noche, ella se encontraba en la biblioteca restringida, trabajando, según su costumbre, bien entrada la madrugada. Los guardias nocturnos, cuando llegaron para realizar su ronda habitual, encontraron la sala de archivos en un estado de considerable desorden. Las mesas de trabajo habían sido volcadas. Papeles estaban dispersados por todas partes. Varios de los volúmenes más valiosos de nuestra colección habían sido removidos de sus posiciones de almacenamiento, aunque no parecían haber sido dañados.

Lo más perturbador, sin embargo, fue el descubrimiento de lo que había sido el catálogo de Margaret. El manuscrito, que había alcanzado una longitud de aproximadamente seiscientas páginas, estaba dispuesto en el piso en un patrón que era, incluso para mi mente perturbada, reconociblemente una estructura geométrica. No era una disposición aleatoria o el resultado de una búsqueda frénética, sino una organización deliberada. Las páginas habían sido arregladas de tal manera que sus posiciones formaban un diagrama—un diagrama que tenía una similitud inquietante a ciertos símbolos que aparecían en el Necronomicón y en otros de nuestros textos más oscuros.

Pero lo más inquietante de todo fue lo que no estaba presente: aproximadamente cien páginas del catálogo habían desaparecido completamente. Estas no eran páginas al azar, sino que constituían el núcleo del trabajo de Margaret—la sección en la que ella había presentado la síntesis final, la reconstrucción completa de lo que afirmaba era la estructura original del texto matrix.

De la doctora Margaret Hollis misma, no se encontró ningún rastro.

Una investigación fue iniciada, por supuesto, aunque fue una investigación que debió ser conducida con considerable cuidado debido a la naturaleza delicada de lo que había ocurrido. La policía local fue informada de una desaparición de rutina, pero al doctor Armitage, al Profesor Webb, y a mí se nos permitió conducir una investigación más exhaustiva de los archivos y las circunstancias de la noche de su desaparición.

Lo que descubrimos fue inquietante en su falta de toda explicación racional. No había signos de violencia. No había indicios de que Margaret hubiera sido obligada a abandonar la biblioteca en contra de su voluntad. Las puertas de la colección restringida permanecían cerradas por dentro cuando los guardias llegaron. Las ventanas no mostraban evidencia de haber sido abiertas. Era como si ella hubiera simplemente cesado de existir en el espacio que ocupaba, como si su presencia física hubiera sido de alguna forma traducida a alguna geometría diferente.

El Profesor Webb, cuando se le informó de la desaparición completa del catálogo de Margaret—específicamente, de aquellas cien páginas que contenían la síntesis final—emitió un sonido que no podría ser descrito adecuadamente como un grito, una risa o un gemido. Fue una vocalización de tal naturaleza angustia profunda que todos los presentes fueron investidos de un pavor visceral.

“Ha sido completado,” fueron las únicas palabras que pronunció después, antes de retirarse a sus aposentos privados donde permanecería recluso durante varias semanas posteriores.

Tiempo después, obtuve acceso a ciertos papeles personales que Margaret había dejado en su alojamiento en Arkham. Había entre ellos fragmentos de notas que no habían sido incluidas en su catálogo formal. Estas notas, aunque fragmentarias, revelaban la progresión de su comprensión a través de las últimas semanas de su trabajo. Había en ellas referencias a sueños que ella estaba experimentando—sueños en los que afirmaba estar viendo lugares que no existían en el mundo ordinario. Ciudades de arquitectura imposible. Océanos que no contenían agua sino que parecían estar compuestos de una sustancia liquida de naturaleza completamente ajena. Entidades de una magnitud cósmica cuya mera presencia en los sueños causaba una perturbación tal en su percepción que le resultaba casi imposible, tras despertar, recordar los detalles específicos de lo que había visto.

Pero había una página—una única página—que era lo suficientemente coherente para ser legible. Y en esta página, en la letra cada vez más errática de Margaret, se encontraba el siguiente mensaje:

“Las estrellas están casi alineadas. He visto el patrón. No puede ser desapercibido. Las páginas que he completado—el catálogo final que une todos los fragmentos en su totalidad—he descubierto que no eran para ser simplemente leídas. Eran para ser contempladas en un orden específico, en un patrón específico. El acto de ordenarlas correctamente ha actuado como una invocación que no puede ser retirada. Siento su presencia ahora, a los bordes de la percepción, esperando. No es un estar despierto ni un estar dormido, sino algo entre ambos. He sido elegida como un conducto, como un puente entre dimensiones. No tengo miedo. De hecho, he comenzado a comprender. La humanidad es sólo una brizna en la vasta tapicería de la existencia cósmica. Nuestro orgullo, nuestra creencia de que somos los dominadores de este mundo, no es más que una ilusión de un nivel de existencia extraordinariamente limitado. Pero ahora veo más allá. Ahora comprendo verdaderamente.”

Luego, en la parte inferior de la página, con una letra que parecía haber sido escrita en un estado de extrema agitación o alteración de la conciencia, aparecía una única línea:

“Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah-nagl fhtagn. He completado el catálogo. Mi trabajo está terminado.”


Nota Editorial

Los documentos precedentes han sido recuperados de los archivos privados del Dr. William H. Graves, quien fue bibliotecario asistente en la Universidad de Miskatonic de 1928 a 1952. La doctora Margaret Hollis fue formalmente declarada desaparecida el 20 de noviembre de 1928. Su destino permanece desconocido. El catálogo que ella estaba elaborando nunca fue recuperado en su totalidad, aunque fragmentos incompletos fueron encontrados años después en los archivos privados del Profesor William Webb.

El patrón geométrico en el cual las páginas del catálogo fueron encontradas dispuestas fue cuidadosamente documentado fotograficamente antes de que las páginas fueran reorganizadas. Estas fotografías se encuentran bajo custodia especial en los archivos restrictivos de la Universidad. Varios investigadores que solicitaron acceso a estas imágenes como parte de sus estudios académicos posteriormente reportaron anomalías de sueño y perturbaciones psicológicas que los llevaron a discontinuar sus investigaciones.

El Profesor Webb nunca se recuperó completamente del shock de la desaparición de la doctora Hollis. Murió en 1934 en un asilo privado en el estado de Massachusetts. Según los registros disponibles, pasó los últimos años de su vida dibujando repetidamente el mismo símbolo geométrico, en diversas superficies, aparentemente en una estado de compulsión que no podía ser aliviado.

Se recomienda enfáticamente que estos documentos no sean puestos a disposición del público general. El conocimiento de la existencia de dichos textos, y especialmente del catálogo que la doctora Hollis elaboró, representa un riesgo potencial para la estabilidad psicológica de quienes posean una inclinación particular hacia las investigaciones esotéricas.

Las páginas del catálogo que permanecen desaparecidas nunca han sido ubicadas. Es la opinión de este editor que las mismas permanecen extraviadas, no por negligencia o accidente, sino por un propósito deliberado que trasciende completamente nuestra capacidad de comprensión.